En el confuso mundo actual, y en especial en el del periodismo, a veces no está mal recordar conceptos. Durante muchos años luchamos para conseguir que se reconociera la libertad de expresión, que no es otra cosa que tener la libertad de defender cualquier tipo de idea, sean del signo que sean.
Una cosa diferente es la libertad de información que no se limita sólo al poder crear medios informativos (en las manos de unos pocos) si no que también hace referencia a la posibilidad de explicar cualquier hecho de una mínima relevancia por mucho que su publicación pueda molestar a determinadas personas. Una de las máximas del periodismo –que hoy se encuentra a faltar más de la cuenta- es la veracidad de lo difundido y ello implica comprobar la noticia y generalmente hablar con las diferentes partes afectadas para que ofrezcan su versión … Buena parte de la crisis de la prensa proviene de haber olvidado estas normas, por muchos códigos éticos que circulen.
Estas libertades están recogidas y amparadas en buena medida por nuestras leyes y les excepciones que se producen (como la apología del terrorismo o el respeto a la vida privada) parecen de sentido común. Otras, en cambio, los responsables de aplicar las leyes miran para otro lado (como la apología de regímenes totalitarios).
Finalmente cada vez es más frecuente ver en los medios algo que se parece mucho a la libertad de insulto y fácil es comprobar viendo u oyendo determinadas tertulias o leyendo determinada prensa escrita que hay barra libre para el insulto. Y ello no está amparado en ninguna legislación, sin embargo es el pan nuestro de cada día.
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