El sonido de una flauta

01/12/2013

Susana Ramírez.

Yo le conocí cuando él apenas aprendía a tocar la flauta. Era la primera vez que veía a un hombre de edad avanzada aprendiendo con tanto esmero.

Le conocí una tarde, el como digo, empezaba a tocar la flauta. Cientos de notas salían de aquel instrumento. Los dedos del hombre se movían torpes en los agujeros de la flauta. Estaba sentado, en plena calle, un diciembre frío, vísperas de Navidad. Me acerqué a él porque noté en mi bolsillo varias monedas, y pensé en depositarlas en la caja de cartón que yacía en el suelo, cerca del hombre que tocaba la flauta.

Al acercarme y depositar las monedas el hombre dejó de tocar y me dio las gracias. Yo le dije que no me las tenía que dar. Fue entonces cuando el hombre me contó que por estas fechas navideñas le gustaba tocar la flauta, sentado en su pequeño taburete, con la manta por encima de las piernas, y el gorro de lana protegiendo su cabeza. El hombre tenía unas barbas blancas y largas. Me contó en confianza que se habían acercado a él para proponerle trabajar vestido de Papa Noel en la puerta de una famosa perfumería. Que le pagaban más de lo que podría ganar en un mes, tocando la flauta en plena calle, pero que no aceptó, porque no se imaginaba  metido dentro de ese traje ridículo , de color rojo. Y con aquella campanilla que hace un ruido insoportable.

Su historia me daba pena y alegría a la vez. Era la historia de un hombre sin familia. Un hombre que toda su vida había vivido de la caridad de las personas. Un hombre con inquietudes que jamás pudo llevar a cabo, porque nunca era el mejor momento para nada.

Ahora le puedes ver allí, en una de las calles más concurridas de Barcelona. El hombre no pide limosna, el hombre solamente quiere que la gente valore la música y le ayuden con algún donativo para poder seguir tocando cada tarde.

Su música es de esas imperfectas, canciones que van tomando forma con notas que suenan como un corto quejido. Sus canciones se cuelan tan dentro de nosotros, que cuando menos lo esperas te encuentras tarareando esas canciones y preguntándote a ti mismo, de dónde has sacado esa canción que tarareas.

Lleva el hombre ya varias Navidades ahí. La gente pasa por su lado, unos lo miran y como si nada. Otros se detienen a echar algunas monedas. Algunos otros se saben ya de memoria las canciones y no se dan ni cuenta. Es este hombre la magia de la Navidad. Gente que forma parte de tu rutina. A mí me encanta pasar por su lado y dejarle monedas, recibir su sonrisa, y escuchar mientras me alejo nuevas canciones que salen de sus manos y de esa flauta que el hombre toca con su alma.

Esto es Navidad, y no las colas en los grandes almacenes. No los regalos con tu nombre escrito. Esto es la Navidad, que te quieran y demostrar que les quieres. A los que te rodean, a los que componen tus días y valoran lo que haces.

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