Cantando las cuarenta al ministro

16/12/2013

Carmela Díaz.

Gallardón y ValencianoMe despierto al alba para asistir a las sesiones de control, suspirando por combates dialécticos de altura que plasmar posteriormente en esta columna. Peco de ilusa por mantener esperanza alguna en semejante quimera, lo sé. Los duelos entre Rubalcaba -fiel reflejo del dicho “cualquier tiempo pasado fue mejor”– y Rajoy -el desdén personificado-, aburren. A la par, los enfrentamientos entre Sorayas carecen de emoción por resultar predecibles: se decantan siempre hacia el mismo lado de la bancada.

Por suerte, alguna mañana el ministro de Justicia se levanta con la brillantez subida y entonces no hay quien le tosa (deduzco que tampoco quien le aguante en tamaña tesitura, pero igual es mucho suponer). Y es cuando la señora Valenciano se envalentona. Demostración palpable de que la línea que separa la valentía de la osadía es delgada, y la ignorancia, osada.

Carmela Díaz

Carmela Díaz

Hagan cábalas. Doña Elena, toda ufana, cantándole las cuarenta al ministro; don Alberto, resolviendo la jugada en forma de chorreo dialéctico sin compasión. Hay que ser muy burra para pretender asestar una puñalada por la vía de la oratoria o del conocimiento -cultural, histórico, literario o musical- a semejante varón y salir indemne.

Pero mientras me recreo con el espectáculo, la que se encabrona soy yo. ¿Qué hemos hecho las españolas para que ambos abanderen nuestros derechos?

Señora Valenciano, ni deseo su representación ni me identifico con sus proclamas partidistas, sesgadas e interesadas. La dignidad femenina está por encima de ideologías, como bien señalaba Emmeline Goulden, a la que con seguridad, conocerá bien: “La emancipación de las mujeres no la conseguirá el socialismo, sino las propias mujeres”.  Además, dista usted de ser una brillante fémina contemporánea, talentosa, formada, independiente, triunfadora: absorba la sabiduría de Safo, adopte el coraje de Verónica Franco, y entonces, hablamos. Porque ¿desde qué tribuna estaría disertando sin el amparo de unas siglas?

Sobre su partenaire parlamentario, qué quieren que les diga. Intento asimilar ese instinto maternal que nuestro ministro está sacando a pasear esta legislatura y no lo consigo. Vamos, ni por asomo. Puede que no me concentre lo suficiente en su lado femenino. Mea culpa. Lo seguiré intentando. Palabrita. Aunque no prometo resultados satisfactorios al respecto…

Como hoy me siento benevolente -debe ser que el espíritu navideño me ha poseído-, obsequiaré a los dos con algunas pistas acerca de qué queremos las mujeres sobre las temáticas que tan alegremente abordan.

–          Acerca de la igualdad (social y económica): acceso al poder real, equiparación plena de salarios, impulso del autoempleo femenino, leyes efectivas para la conciliación, potenciar la protección frente al maltratador, penalización de las actitudes sexistas o un compromiso firme de cooperación internacional para erradicar aberraciones como la ablación. Como diría Mary Wollstonecraft (acerca de cuya figura la diputada socialista seguro que ha reflexionado largo y tendido): «No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas».

–          La sexualidad: se trata de una faceta importante, pero no es la panacea ni el objeto permanente de nuestros desvelos -no, al menos, para la mayoría-.  Lo que cada cual haga en el ámbito su intimidad, allá quede. Intentar imponer conductas sexuales es otra forma de intervencionismo. “Debajo de la superficie de muchas feministas, hay una mujer que anhela ser sexualmente atractiva”, puntualizaría Betty Rollin, alguien a quien seguro que la señora Valenciano también ha leído.

–          Y me adentro en la madre de todas las batallas: el aborto. Debe ser la última alternativa, no la solución prioritaria -si es la decisión final, habrá que apoyar a esa mujer, no juzgarla-. La iniciación al sexo desde edades tempranas es un hecho: tenemos que desarrollar, pues, técnicas eficaces de prevención de embarazos no deseados, concienciar a los adolescentes que la píldora postcoital y el aborto no son medidas anticonceptivas, sino correctoras, con efectos secundarios físicos y psicológicos. Y por supuesto, invertir en ayudas estatales para afrontar embarazos en circunstancias difíciles y flexibilizar normativas en adopciones.

Aborrezco el feminismo desde el púlpito, pero admiro a las mujeres ejemplares que predican con hechos. También detesto a las que demonizan lo masculino. Necesitamos hombres valiosos, con sus virtudes, defectos, méritos y deméritos. Los que marcaron mi trayectoria me enriquecieron, aportaron y enseñaron. Desde el respeto y el cariño mutuo, siguen -y seguirán- formando parte de mi vida.

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