Al morir nos ponemos en manos de los otros. Es lo que le ha pasado a Nelson Mandela y lo que nos ocurrirá a todos, mucho más modestamente. De pronto ya no eres lo que fuiste, sino que lo que dicen que fuiste, o lo que a algunos conviene decir, y hasta creer, que fuiste. Y gentes que representan la antítesis de tu naturaleza, la negación de tu espíritu, la castración de tu lucha, la destrucción de tu ética, pueden acampar junto a tu losa para expresar su más profunda admiración por ti, mientras en sus vidas actuales siguen machacando tus principios, exprimiendo tu jugo medular, rompiendo tus derechos, pisándoles la frente. En el caso de Mandela, ha sido especialmente lacerante. Ver a Robert Mugabe, por Zimbabue, a Li Yuanchao por China o a Raúl Castro, por Cuba, en su funeral, no es que sea paradójico, sino que constituye un atentado contra la memoria de este hombre. No creo que Mandela fuera un santo y, francamente, no me importa; pero fuera como fuera, desde luego, seguro que no merece estos compañeros de homenaje. España, mientras, sigue siendo tan different que Rajoy destaca que el estadio en el que se celebra el funeral es “emblemático” porque España ganó allí su Mundial.
Pero lo interesante es valorar qué tienen en común Nelson Mandela y Mariano Rajoy. O, dicho de otro modo, cuáles pueden ser las razones que llevan al presidente del Gobierno de España a celebrar tan admirativamente a alguien cuya vida y cuya lucha representan la antítesis de la política del actual Gobierno. Quizá lo más sencillo sea pensar que muerto el hombre nace el personaje, aunque Mandela ya lo era desde antes. Y un personaje puede ser manipulado con más facilidad que un hombre; porque, si se convierte en símbolo, la explicación de la metáfora que encarna puede convenir a unos y a otros. Pensemos en nuestro Gobierno, en las medidas pasadas y en las posiblemente futuras. Entre las pretéritas nos encontramos con la Ley de Educación más crispada de toda la historia democrática y un ministro que es el verdadero artífice del nuevo consenso, al lograr ponerse a todo el mundo en su contra en Andalucía, en España y en Europa, negándose a sí mismo con las becas Erasmus.
El Gobierno del Partido Popular pasa por encima de cualquier espíritu de la Transición –sea esto lo que sea- aunque lo reivindique tanto, y por eso impone su rodillo y hace su propia ley, sin hablar ni escuchar, y con la calle en contra. La calle se le encrespa, entre otras cosas, por timar y engañar: tras la contabilidad B del partido, los millones pagados a través de Luis Bárcenas a cambio de presuntas adjudicaciones de obras públicas. El propio presidente, en su comparecencia estival, aseguró en sede parlamentaria –o sea: comprometió su cargo a su palabra- que cuando conoció las cuentas suizas del ex tesorero del PP ya no era empleado del partido, algo que luego sería desmentido, porque siguió cobrando, los meses siguientes, su suculento sueldo, manteniendo despacho, secretaria y chófer, sin que el presidente haya rectificado su declaración en el Congreso, quedando inmerso en esa falsedad. En fin, tenemos un presidente que ha engañado públicamente a los españoles y que, cuando éstos han decidido lanzarse a la calle a protestar, porque no les quedaba otra salida, para reivindicar la dignidad pública, se ha lanzado hacia una Ley de Seguridad que criminaliza el derecho de manifestación y parece caminar, lenta y sinuosamente, hacia un Estado policial en el que la seguridad privada se ocupará del orden sin garantía constitucional alguna, porque podrá ejercer la fuerza sobre cualquier ciudadano en la vía pública: esa misma vía en la que se nos va negando el derecho a manifestarnos y casi hasta a cantar, pero mediante un criterio de cuentas de resultado.
Nelson Mandela se habría manifestado ante el Congreso. Eso seguro: si se pasó 27 años en la cárcel y apoyó en su día la lucha armada, cómo no iba a concentrarse entre sus leones portentosos. Un hombre que vindicó la importancia de la educación no hubiera apoyado la ley Wert. Tampoco una ley de Seguridad que criminaliza al manifestante, ni una opacidad gubernativa tan proclive a embalsamar la corrupción, serían del gusto del hombre que tantos jefes de Gobierno han ido a homenajear en el estadio en el que Iniesta marcó el gol. Rajoy puede seguir hablando del Mundial y de grandilocuencias panegíricas, pero Nelson Mandela habría plantado a cara, igual que tanta gente, a cualquiera de sus políticas de restricción continua de derechos.
Aviso Legal
Esta es la opinión de los internautas, no de diarioabierto.es
No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
Su direcciónn de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.