Su nombre no importa. Era un humano más, uno más entre cientos y cientos y miles y miles de personas que componen esta gran urbe. Normalmente su rutina era acudir al trabajo, un trabajo de oficina y mecánico que poco le aportaba a su vida. Leía el periódico mientras tomaba su café matutino. Más tarde regresaba a la oficina y continuaba hasta que llegaba la hora de salida. Y salía de la oficina arrastrando los pies hasta su casa.
Se sentía solo, pero nunca lo compartía con nadie. Ni siquiera con él mismo. Se auto mentía, hasta que un día pensó que tenía que cambiar su rutina y su vida, en general.
Las relaciones le resultaban complicadas, creía que el amor no existía más que para los millonarios que podían comprar mujeres con regalos y con cenas en lugares caros.
Así que un día decidió cambiar su vida, al salir de la oficina cambió su rumbo y se acercó al banco donde tenía guardados todos sus ahorros. Retiró una gran suma de dinero, y una vez tuvo el dinero ya podía ir en busca de la mujer de su vida.
Supo de aquella tienda mediante un reportaje en televisión. En aquella tienda hacían mujeres de silicona completamente. Mujeres robots de silicona, que expresaban sensaciones al recibir caricias, y que servían para que los hombres cumpliesen todas sus fantasías.
Entró en la tienda y eligió a una mujer morena, y más alta que él. Se la envolvieron para regalo y se la llevó a casa.
Había gastado casi todos sus ahorros en un poco de compañía. La silicona de aquella muñeca sería acariciada por el hombre día tras día. Dormía con ella. La muñeca calentaba el lado de la cama que el hombre siempre había sentido frío y vacío. Desayunaba con la muñeca en frente, mientras ésta reaccionaba ante los piropos que el hombre le regalaba, con sonidos y risas nerviosas, y a veces incluso gemidos.
Ahora el hombre acudía más feliz al trabajo, donde informó a todos sus compañeros de que ya tenía pareja. De que una mujer, por fin, compartía la vida con él.
Vivió el hombre plenamente su vida sexual con esa muñeca. Le saciaba al completo. La muñeca, como solo reaccionaba e interactuaba cuando él hombre quería, pues no molestaba. Permanecía en silencio hasta que el hombre lo desease. Así que tenía total libertad de horarios y no tenía que dar explicaciones. Jamás esta muñeca le diría que le dolía la cabeza o que tenía sueño para no mantener sexo. Así que el hombre se sentía con poder y muy lleno en todos los sentidos.
Pero un día, el hombre se sentía triste. Muy triste. Había tenido un día horrible en la oficina. Necesitaba abrazos, caricias. Llegó a casa y vio la muñeca toda tiesa, sentada en el sofá donde él la había dejado. Lloró frente a ella, pero la muñeca ni se inmutaba. Le pidió abrazos. Y la muñeca no movió un solo pedazo de silicona. El hombre la cogió por los hombros y le gritó que se sentía solo, que necesitaba abrazos y caricias. Que siempre era él quien tenía que besarla y acariciarla, que estaba harto.
La muñeca no movía ni un solo ápice de su cuerpo de silicona. Y el hombre decepcionado se acercó a la tienda donde había adquirido la muñeca. Puso la respectiva queja: La muñeca no me da cariño. Allí le informaron de que esas muñecas no estaban diseñadas para lo que él buscaba.
Así que esa misma noche el hombre metía a la muñeca en una bolsa de basura, doblada sobre su tronco y la depositaba en el contenedor. Le dijo adiós y regresó a su rutina.
Solo así supo el hombre que sin sexo vivía mejor, pero que sin cariño no podía seguir viviendo.
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