Oda a la vacuidad

30/12/2013

Germán Temprano.

Desde que la vacuidad se hizo presidente y habitó en Moncloa, Rajoy ha cumplido con creces las expectativas. No la de sus compromisos electorales, tampoco la de solucionar la crisis ni la de rebajar el paro nada más llegar, tal como dijo, ni la de podar el déficit pese a los esfuerzos, tan descomunales como poco equitativos, de los ciudadanos. Cosas sin duda menores frente a su asombrosa habilidad para decir menos cuando habla que cuando calla. El cúmulo de lugares comunes, inconsistentes propósitos, arbitrarias previsiones, brotes verdes o luces al final del túnel se convierte así en una trinchera de la que no sale así silben las balas o se rinda el enemigo. En víspera del Día de los Inocentes, como no podía ser menos, despidió el año igual que lo comenzó. En eso nadie le podrá acusar de incoherencia. Y lo hizo en ese papel híbrido entre el futurológo de medio pelo de medio pelo y el escapista con trienios en el oficio.

En su primer cometido se imagina la evolución de la economía y en el segundo escurre el bulto de manera grosera. Tanto que el aborto, cuya ley de reforma ha supuesto una seria convulsión social, pasa a ser simplemente ‘ese asunto’ o Bárcenas, sin apearse de ese infantilismo impropio de un gobernante, sigue siendo ‘esa persona’ como si, sólo por nombrarle, se fuera a quedar sin recreo. No conforme con estas tontunas, que delatan una inmadurez política que no tiene por qué suponer a la ciudadanía, gusta de recurrir a su particular, y a menudo delirante, modo de ver los aconteceres. Así, un registro policial de más de catorce horas en la sede del partido que preside, el borrado informático de mensajes o la mínima entrega de documentación al poder judicial viene a ser una ejemplar colaboración con la Justicia. Como si alguien lo dudara.

En general ¿quién puede poner en entredicho su palabra o de la de algún miembro de su gobierno? No hay nihilista tan radical como para cuestionar que, como vende de cara al nuevo año, la economía se va a empezar a reactivar. Lo que no se sabe si tanto o más que lo iba a hacer a los cinco minutos de tomar posesión como jefe del Gobierno o tanto o más de lo que iba a mejorar el año siguiente. Me refiero a esos tiempos en los que se alcanzó el récord histórico de desempleo y ya no estaba Zapatero aunque, obviamente, igualmente se le podían atribuir las culpas. Es decir, el cuento siempre ha sido el mismo: ganar tiempo a costa de trapichear con ese optimismo que tanto se afeaba a ZP.

Lo que olvida Rajoy es que hay asuntos que mejoran porque, sencillamente, ya es casi imposible que vayan a peor. Lo que también solapa es que, por mucho que repunten las estadísticas, la realidad será mucho peor de lo que fue. Quien encuentre trabajo lo hará en peores condiciones, quien ha perdido poder adquisitivo no lo recuperará, quien sea dependiente lo será aún más, quien quiera estudiar en la Universidad lo tendrás más difícil, quien quiera acceder a la sanidad lo mismo. Esto que suena repetitivo no es nada al lado de esta monserga del ‘este año sí que sí’, del ‘bajaremos impuestos en 2015’, año electoral aunque, por supuesto, nada tenga que ver, y, en todo caso, resulta infinitamente menos insultante que, un ejemplo reciente entre cientos pasados, volver a escuchar a la ministra Pastor decir que la ronda de las autopistas no le va a costar un euro a los contribuyentes. Es decir como la de los bancos.

 

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