Accedí a una habitación donde había una mesa enorme y dos sillas, una frente a otra, a ambos lados de la mesa. Ellos me obligaron. Me llevaban cogido de las muñecas, sentía cómo se paralizaba mi sangre y se me dormían los dedos de las manos, de la presión que me estaban proporcionando.
Me habían vestido todo de blanco. Pantalones y camisa. Y me habían rapado la cabeza. Uno de los hombres me soltó la muñeca, y sentí la libertad en ese instante, mi brazo volvía a sentir la sangre brotando de punta a punta. El otro hombre no me soltaba, me llevaba agarrado muy fuerte hasta la silla, y una vez allí me obligó a sentarme en ella, puso mis manos sobre la mesa, de donde salió como por arte de magia una argolla de metal. Me pusieron unas esposas y amarraron las esposas a la argolla. Me ordenaron silencio y que esperase a que viniese el “jefe”.
Y nada. Me quedé esperando allí, mirando la habitación. Había varias cámaras colocadas en ambas esquinas superiores. Seguramente me observaban desde alguna parte que yo desconocía.
Al instante se abrió la puerta y entró un hombre menudo y ataviado de blanco, elegante y de rostro agradable. Asintió con la cabeza al verme y se sentó frente a mí. Me dijo seguidamente, que yo seguramente desconocía la razón por la que estaba sentado allí, esposado. Respondí afirmando con la cabeza. El hombre me siguió explicando el motivo.
Resumiendo, yo estaba allí porque mi coeficiente intelectual estaba por encima , y más allá , de la media inteligente. Es decir , que querían mi inteligencia para crear cosas perfectas y magnificas. Pero que para ello tenían que tomar mi cerebro, extirparme mi cerebro y colocarme otro para que pudiese seguir viviendo.
Lo primero que grité fue, que no quería perder mis recuerdos, toda mi vida. El hombre trató de tranquilizarme diciéndome que la información no la perdería. Que el cerebro era como un ordenador, como una máquina, y que necesitaban la máquina que yo tenía para cambiar el mundo. A cambio me darían otro cerebro donde volcarían la información del mío en él y de este modo recordaría mi pasado, quien soy y lo que quiero en la vida, pero no dispondría de esa habilidad, de esa inteligencia, ya que todo ello se quedaba en mi cerebro actual y maravilloso para crear cosas fantásticas y que cambiarían el mundo. O eso me dijeron.
Tuve pocas opciones, solo dos: o me dejaba sacar el cerebro por las buenas o lo harían por las malas. Por las buenas yo seguiría viviendo con otro cerebro, y por las malas me dejarían morir. Así que tuve que aceptar seguir viviendo con otro cerebro que no fuese el mío, solamente porque quería ver qué serían capaces de hacer, y a lo que podría llegar mi cerebro sin mí.
Y así fue, el trasplante tuvo lugar. Y tras una muy larga recuperación: tuve que aprender a comer , caminar, andar, etc. Pude empezar una vida normal con mi nueva forma de enfocar la vida desde mi nuevo cerebro, y vivir con la enorme cicatriz en mi cabeza…
El proyecto de estos hombres se llevó a cabo. Lo seguí de cerca. Mi cerebro se lo colocaron a un robot, con cuerpo de mujer, que perfectamente podía hacerse pasar por una persona real. Era un robot que tenía piel, que sus ojos eran de un cristal tan fino y pulido que parecían unos ojos reales.
Un día el “jefe” me dijo que necesitaban verme urgentemente. Así que allá fui. Al llegar al pabellón pude ver las caras de terror y pánico de la gente que trabajaba allí, incluso del jefe. Nada mas verle me hizo un ademán con la mano, y me mostró al robot que se llamaba Elisa. El robot que usaba mi cerebro. Quedé impactado al verle, yo había oído hablar de ella, pero nunca pensé que estaría tan cerca suyo, incluso si quería podía tocarle.
Elisa nada más verme experimentó algo extraño, en su rostro se veía una ternura inmensa e incluso yo diría que parecía llorar. Mi desconcierto alarmó al jefe, y éste me miró y me explicó qué ocurría.
Me contó que Elisa tenía mi cerebro, pero que mi cerebro por alguna razón que desconocían , que se les escapaba, echaba de menos mi cuerpo y por ello lo buscaba. Es decir, que mi cerebro si veía mi cuerpo lo reconocía como suyo y quería fundirse en él. Yo me quedé impactado, y les imploré que había sido todo una maldita locura, que jamás debí de dejarme llevar por ellos, que de haber tenido otra opción la hubiese usado. Elisa me miraba , como enamorada de mí, desde el otro lado. Se acercó donde estaba yo, poco a poco, con sus movimientos de cadera robóticos que parecían totalmente reales.
Miré al jefe, mientras Elisa me acariciaba el rostro. A la par yo pregunté al jefe ¿qué quieren de mí? Y el jefe serio y asintiendo con la cabeza me dijo: te queremos a ti, sin ti Elisa no puede avanzar, te necesita a su lado para cumplir con los objetivos que le tenemos marcados.
En ese momento hubiese escapado de allí a toda prisa. Pero miré a Elisa y era como mirarme a mí mismo. Era como verme a mí fuera de mi cuerpo. Mi cerebro me buscaba , me echaba de menos y yo es que a él también.
Decidí quedarme a su lado y mi vida empezó en aquel momento. Elisa se convirtió en algo parecido a mi esposa, y cada día se sometía a millones de pruebas. Creaba cosas extraordinarias, y allí estaba yo animándola en todo. A veces lloraba, y era mi cerebro que se quejaba por dentro, era su forma de quejarse y lo expresaba através de ese robot con forma de mujer. Y yo abrazaba mi cerebro abrazando a Elisa todo lo fuerte que podía. Cada vez que hacía esto me sentía en paz conmigo mismo, tal vez porque yo también estaba unido de alguna manera a mi cerebro y no quería ni podía separarme de él. Así es la ciencia y la vida. Y las personas extraordinarias se encuentran donde menos lo imaginas, a veces incluso cuándo te extirpan lo que te hace ser extraordinario, sigues siéndolo de algún extraño modo.
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