Ningún escritor es la medida de su capacidad, ni mucho menos de sus intenciones, sino el resultado de sus obras. Hasta El hombre que amaba a los perros, Leonardo Padura era un buen escritor; pero después de esa novela, se convirtió en un escritor extraordinario. Ya conocíamos el universo de Mario Conde -novela negra con excelente prosa y excelentes diálogos, ecos atmosféricos de su tradición austera y sobria-, ese policía habanero retirado que malvive en una ciudad en derrumbe, pero tan heroicamente en pie como sus protagonistas, que acompañan al detective en toda la saga: el Flaco Carlos, su madre, Candito, el Conejo, el lejano Andrés, la novia eterna, Tamara, y por supuesto El Conde, ese hombre que sólo encuentra refugio en sus amigos, mientras beben el peor ron del mundo. Todo muy entrañable, entretenido y ágil, como en Máscaras, la reciente La cola de la serpiente o la estupenda Adiós, Hemingway.
Pero en 2009 aparece El hombre que amaba los perros. Una gran novela, ajena al ciclo Mario Conde, que contiene tres historias: la del asesino de Trostski, Ramón Mercader, su forja y su caída; la del propio Trostski, desde su salida de Rusia hasta su muerte; y la de un tercer personaje, escritor cubano represaliado en su juventud, que se encuentra un día en la orilla del mar con un hombre que pasea junto a dos majestuosos galgos rusos –la pasión por estos animales es común en los tres personajes-, y que podría ser un anciano Ramón Mercader, irreconocible y olvidado. El hombre que amaba a los perros no es la suma de tres novelas, sino una sola, brillante y prodigiosa, que nos habla de la fragilidad del individuo ante las dictaduras.
Desde entonces tenemos dos Padura: el de la serie Mario Conde y el de El hombre que amaba a los perros, una de las más grandes novelas en español de las últimas décadas. ¿Era necesario mezclarlos en el mismo libro? Herejes, su último título, es un combinado de las dos vertientes: novela de Mario Conde, sí, pero con una historia central de una ambición que la sitúa en la línea de su anterior gran novela. Hay, también, tres relatos distintos: el del barco S.S. Saint Louis, en el que llegan a Cuba –o casi llegan- novecientos judíos que escapan de Alemania en 1939; la de un cuadro de Rembrandt guardado durante siglos por una de esas familias judías, cuyo rastro se pierde en la isla, a lo largo de gobiernos y de revoluciones, mientras la originaria familia poseedora vive su propia diáspora; y la de una muchacha desaparecida, vinculada de algún modo con ese cuadro, de cuya búsqueda se encarga Mario Conde, que en el primer tercio ya buscó el rastro humano del lienzo, ese Cristo de Rembrandt que se va a subastar en Londres.
Si El hombre que amaba a los perros denunciaba la destrucción del individuo por cualquier totalitarismo, en Herejes es la pretendida libertad propugnada por los poderes públicos, usada como pretexto de nuestra seguridad, la que anula el libre albedrío. En estas tres novelas quizá innecesariamente unidas –por la disparidad del pulso, del tapiz literario y del estilo- que es Herejes, la parte que me hace temblar con verdadera intensidad y altura es la historia del judío Elías Ambrosius, en su afán valeroso de convertirse en discípulo de Rembrandt, en una Ámsterdam cuya comunidad judía no tolera la blasfemia de la representación. Así, siendo buena toda su escritura, es en el Libro de Elías donde encontrará el lector la gran literatura de la que Padura es capaz, y la maravillosa novela que podría haber sido.
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