Este miércoles se ha convertido en un día aciago. Manu Leguineche nos ha dejado a la edad temprana de 72 años. Lo que no pudieron las guerras que cubrió como reportero se lo ha llevado la enfermedad. Porque Manu fue de los últimos reporteros bohemios de guerra, cuando no existía internet, ni móviles, ni comunicaciones vía satélite para relatar de primera mano las escaramuzas en Vietnam, Pakistán, Yugoslavia o las revoluciones del planeta. A veces me recordaba a Denys Finch-Hatton, ese aventurero romántico de Memorias de África.
Enemigo de ataduras, la libertad fue su guía. Una libertad que le llevaba a fugarse por los caminos más recónditos o tratar de vivir el periodismo como él entendía que debía ser. Así creo dos agencias, y huyó de altos cargos públicos, que le ofrecieron. Y pese a su timidez tuvo que recoger los más prestigiosos premios del mundo periodístico.
En su última agencia, Lid (rebautizada como Fax Press), me abrió la puerta para aprender este oficio a base de patear las calles, sin que la prisa fuera enemiga de la calidad. Fue maestro y amigo y uno de los hombres que con más intensidad contaba sus propias vivencias. Recuerdo aquella vez en que nos relataba cómo una mina explotó muy cerca del Jeep por donde iba un grupo de periodistas en una de sus guerras. Gesticulaba, se movía, abría sus brazos como si la mina hubiera explotado de nuevo… Nos trasladaba con sus historias a aquellas batallas que, por pasadas, no podríamos retransmitir. Manu ya había estado.
Como los reporteros de entonces, Manu vivía el momento. Recuerdo que siempre decía que cuando se «cubre» una guerra, se tiene que comer todo lo que su pueda, o beber, o f…, porque nunca se sabe cuando se volverá a comer, beber o f…». En algunas se mantuvo a base de pistachos.
Y trasladó su libertad a su agencia. Nadie que allí trabajara tuvo ningún problema ni por una coma o un punto. Nos dejaba disfrutar de este trabajo que una vez que se mete en vena no se puede dejar. No importaban las horas, el dejarse la piel… Después de tres décadas de vivir esta profesión siempre recuerdo aquellos casi 14 años vividos con Manu como la última etapa del periodismo romántico y bohemio, en que esta profesión no se paseaba por platós de televisión, sino que se dedicada a ese oficio de ser meros intermediarios entre los hechos y quienes quieran conocerlos; en la curiosidad permante y la búsqueda de la verdad. Trabajando de sol a sol y aún más si era preciso.
Pero Manu era además amigo de sus amigos. Desde que comenzara en El Norte de Castilla, con compañeros de viaje como Umbral o el propio Delibes, hasta llegar a la agencia, pasando por la televisión, periódicos de tirada nacional o revistas, y ya en su última batalla a contarnos en libros con su ágil pluma los viajes realizados o los soñados… Por donde pasó dejó amigos. Todos le conocían y todos hablaban bien de él. Desde su humildad que, a veces, le mostraba seco en el trato; desde su devoción por el Atletic… quién podía renunciar a disfrutar de su conversación junto a un buen vino y un sabroso cocido… y una buena partida de mus. Y seguir luego hasta altas horas de la madrugada descubriendo las aventuras que le surgieron por todos los caminos que recorrió.
Mi imagen más repetida es la de Manu siempre rodeado de papeles, cientos de recortes de periódicos donde encontrar ese último dato (Google quedó demasiado futurista), de sus compañeros inseparables los libros, amontonados en pilas y pilas… y ya en los últimos años de Fax Press, cuando la enfermedad empezó a hacer mella, dirigiendo desde la sombra, a base de teléfono… Aun entonces su «olfato» periodístico le seguía a todas partes. Nosotros -los que tuvimos la suerte de compartirlo- seguíamos, seguimos, al jefe de la tribu.
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