Abuelo de ocasión

26/01/2014

Susana Ramírez.

Caminaba el hombre por el enorme pasillo. Arrastraba sus pies. Sus alpargatas como él las llamaba. Caminaba lento, muy lento, ya que una pierna tenía que consultar a la otra para dar el siguiente paso.

El hombre llegó a duras penas al gran ventanal en el que terminaba el pasillo. Una enorme ventana que dejaba ver un enorme pedazo de ciudad. Desde allí hasta se podía ver el cielo azul, con sus nubes y su aves sobrevolando.

Al llegar a la ventana el hombre esbozó una enorme sonrisa. Se descalzó y subió el peldaño que separaba el suelo de la ventana y trató de abrir las enormes cristaleras que pesaban más que su vida. Al abrirse hicieron un ruido que se debió de escuchar en toda la residencia. El hombre gimió de pena y angustia. Llegar hasta allí le había costado un gran trabajo. Arrastrar casi 93 años por el largo pasillo se le había hecho muy pesado y costoso.

Al instante llegaron las enfermeras. Le cogieron por los brazos y el hombre se deshizo de pena muy despacio, cuando le sentaron en una silla de ruedas que empezaron a empujar de nuevo hasta su habitación.

Allí estuvo el hombre varias horas solitario mirando hacía la blanca pared. En su habitación no había ventanas. Era como una cárcel donde se asfixiaba.

No tardaron mucho en llegar todos sus nietos. Preocupados hablaron con los médicos que le dijeron que su abuelo había intentado otra vez quitarse la vida, esta vez quería saltar por la ventana. Los nietos se alarmaron y pidieron disculpas a casi todo el personal de la residencia, incluidas las enfermeras que les habían salvado la vida.

Los nietos se colocaron frente al abuelo y le hablaron. Les decían que eso no podía volverlo a hacer. Él no hablaba. Para él todas esas personas que le rodeaban y hablaban era completos desconocidos. No podía recordar absolutamente nada. Su enfermedad le había robado la memoria y su vida. Y él solamente buscaba una forma de escapar de ese cuerpo que no le servía.

Los médicos dijeron a la familia que el pobre ya no tenía conciencia de quien fue o quien habría sido. Que a su edad y con el alzhéimer sería imposible recuperarse, que a esa residencia había venido a morir y que en ese trayecto podían ocurrir este tipo de cosas.

El abuelo les miraba con los ojos muy grises y perdidos. Y los nietos le abrazan, le hablaban, y el abuelo se sentía como un abuelo de ocasión. Rodeado de gente desconocida para él. Qué triste final de vida, llegar a viejo y olvidar quienes son estas criaturas que lloran hoy por ti. El abuelo viviría un par de años más, entre ventana y ventana, con la misma idea en la cabeza: salir de ese cuerpo y volar para siempre para poder recordar lo que había sido.

 

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