Escribe Adolfo Cueto: “Resuena hoy la conocida frase de José Emilio Pacheco: “Ni siquiera soy el mejor poeta de mi barrio, ¿no ven que soy vecino de Juan Gelman?”. Extraño destino el de esta vecindad también de la muerte, que se los ha llevado a ambos con tan solo unos pocos días de diferencia”. Esta reflexión me hace pensar también en una fotografía de hace más de cincuenta años, en la que aparecen unos jovencísimos José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Carlos Monsivais, sentados en el suelo, rodeados de libros, tres muchachos flacos sin medir la tensión de la vida futura, de la vivacidad fundacional de una literatura. Pienso también en un fragmento de La edad de las tinieblas, sobre el origen de la luz de una lámpara de petróleo: “Me intriga pensar en lo que han dicho mis padres: en el petróleo de la lámpara flotan reducidos a esencia bosques y dinosaurios de la prehistoria. Millones de años se han necesitado para humedecer la lengüeta de jerga que convertida en mecha soporta la llama. Una campana de cristal la protege y le permite iluminarnos. En el quinqué se consumen los restos fósiles de una vida improbable. La noche huele a luz carbonizada”. Somos esa acumulación, somos esa luz carbonizada, su erosión fulminante, su ternura voraz, la misma que se puede adivinar cinco décadas más tarde, cuando los tres escritores volvieron a fotografiarse juntos: pero ya no sentados en el suelo, ya no mirando un libro, sino en el sofá común de una comodidad hundida bajo las suelas gastadas, con todo el recorrido cincelado en el aire aquietado en blanco y negro.
Están apareciendo muy buenos textos sobre José Emilio Pacheco. Acabo de leer uno excelente de Antonio Rivero Taravillo, como la reflexión de Adolfo Cueto, con hondura ligera de hombre fino, que me lo acerca más, incluso, que cuando lo vi recitar en la Residencia de Estudiantes con Martín Rodríguez Gaona: porque esa vecindad no sólo de la muerte, sino de dos amigos entre sí, en la textura plácida en el mapa de calles paralelas y perpendiculares, me hace recordar que el último artículo que ha escrito Pacheco para su periódico ha sido sobre el compañero muerto, sobre el vecino poético, sobre ese centinela para la propia edad que es el amigo verdadero. Qué fidelidad, qué coincidencia. Hay veces en que la vida escribe los mejores desenlaces, mientras se van ahogando los rescoldos todavía encendidos de su calor naranja.
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