Después de su discurso en fluido inglés, eso sí, en apoyo de Madrid 2020, esa premonitoria foto en la que posaba señalando con el dedo en un plano los terrenos donde se ubicaría Eurovegas, la gresca con la Hacienda estatal que gestiona su propio partido, los lamentables datos de paro y turismo y el galáctico varapalo a la privatización de la sanidad, el presidente-heredero Ignacio González ha optado por un ‘dimite tú que a mí me entra la risa’ de manual en la persona del consejero Lasquetty. Si los precedentes ya eran pésimos, y eso sin mencionar el asunto del aticazo y sus derivadas judiciales, que la calle y los tribunales echen por tierra el proyecto de mayor calado ideológico de un Gobierno debería dar que pensar a su máximo responsable. Que no es el consejero sino quien, jerárquicamente, apoyaba sin fisuras esa ‘externalización’. Término, como es sabido, acuñado por quienes tienen problemas de conciencia, que alguno habrá, para vender lo que pagamos entre casi todos para que se lucren unos pocos. Casi siempre los mismos, por cierto.
González no sólo ha perdido la oportunidad de irse sino, ya que se queda, también ha dejado pasar la de hacerlo con cierta humildad. No se le pueden pedir peras al olmo, pero al menos sí que hubiera admitido que el sentir social mayoritario también ha pesado en la decisión de recular en tan trascendental decisión. Lejos de ello si lo ha hecho, por lo que transpiran sus declaraciones, es más por no importunar a las empresas con los retrasos que por la masiva indignación ciudadana. Nada ha dicho de cuánto va costar ahora la broma aunque es cristalino quién la va a pagar. Su insistencia en negar que este descomunal revés sea ‘en absoluto’ un fracaso de su política cuestiona tanto su credibilidad que resulta complicado creerle en otros ámbitos vinculados, por ejemplo, al sector inmobiliario malagueño. Y de esa losa sobre sus espaldas no se libra por sacrificar a un peón. Ni tampoco por hacer de cada voto a su partido un ladrillo para construir un muro impenetrable.
El recurso a la aritmética se ha agotado en una región que se muestra harta y que, por lo menos, merece pronunciarse sobre si la mayoría absoluta ha de convertirse en absoluto atropello o, por el contrario, la radiografía electoral cambia. Madrid no vive una situación normal. No lo es, y síntoma claro de esta tesis resulta, que un presidente que rige los destinos de seis millones de personas entre en calidad de aludido en una radio con la misma histeria que si le hubieran atribuido un romance con una folclórica en un programa del corazón. Sus nervios delatan el desbarajuste. Si las noticias que tanto le encrespan son tan falsas y tan ‘basura’ como dice la puerta de los tribunales ya la conoce. Justo de ahí ha surgido el detonante para que su privatización se haya ido al traste aunque, lo quiera reconocer o no, el cultivo ha estado en las calles repletas de ciudadanos, codo con codo con ejemplares trabajadores de la sanidad que han dado todo un ejemplo de lucha. Y eso no hay quien lo privatice porque siempre será de todos.
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