Quedó el confeti de la fiesta, del día anterior, esparcido por toda la casa. Febrero amanecía radiante. La luz del primer sol se colaba entre las rendijas de la persiana. La cama dolía, porque el dolor que deja una cama vacía no es comparable con nada. Y las pisadas perfectas que dibujaban un pie de mujer, en el baño, eran las únicas secuelas de lo que quedaba de aquella ducha con agua caliente.
En sus oído sentía la resaca de la pasión, esas risas aún retumbaban muy dentro de él, explicándole que hay amores , que aunque sean de una noche, no se olvidan ni en treinta noches.
Se encontraba agotado, frente al espejo, y vio en ese reflejo sus uñas clavadas. Eran como tatuajes en su piel. Ella le había marcado para siempre tal vez, los brazos , el cuello y el pecho. Entonces recordó aquel leve placer, sentir en unos segundos que aquella mujer era para siempre. Su corazón le golpeaba muy fuerte en el pecho. No había marca más grande que esa. Recodar a aquella mujer le revolucionaba la sangre.
Entonces corrió por el enorme pasillo. Pisando descalzo el confeti de la fiesta. Bajó las veinte escaleras que llevaban hacía la enorme sala donde aún había gente durmiendo en sofás, y en cojines sobre el suelo. Quedaba todavía gente allí dentro, gente que dormía la borrachera, y él no podía entender dónde estaba aquella mujer maravillosa. Por qué si toda esa gente aún estaba allí, ella no estaba. Ni en su cama. Ni en su casa. Y ya ni en su vida.
Lo peor del amor es perderlo en un abrir de ojos. No conocer nada de ella, ni su dirección, ni a qué se dedica, ni siquiera saber de ella qué hizo el día anterior a conocerte. Se sintió tan vencido que subió de nuevo a su habitación y se tumbó sobre su cama. De repente le asaltó una idea. Pensó que todas las mujeres dejan una nota a sus amantes. Buscó entre las sabanas. Buscó por el baño y por la pequeña estancia que era su habitación. No encontró absolutamente nada. Y pensó que tal vez ella regresaría algún día. Que las personas que te cambian la vida no pueden desaparecer para siempre.
Se arropó con las sabanas hasta las cejas. Entonces, en esos instantes de duerme vela quiso llamarla por su nombre. Pero era imposible. Buscaba y buscaba en su recuerdo sin éxito alguno. Se aferró a las sábanas y las arrugó con sus manos, con toda la fuerza de la rabia que sentía.
Y como no recordaba su nombre, la llamó Enero.
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