Convención del PP: esclavos de sus propias consignas

05/02/2014

Carmela Díaz.

Me lo ponen a huevo y me facilitan el trabajo. ¡Y de qué manera! Ni esmerarme una miajita, oigan. Los soldados rasos del ejército de la gaviota concentrados en Valladolid, son los que hoy dirigen mi pluma a través de sus comentarios, su forma de razonar y hasta de actuar. Que conste en acta que conozco a militantes que se han dejado la piel y los dineros por unos ideales. Que conste también que cuento con excelentes amigos con responsabilidades -pasadas y presentes- en el partido con los que a veces discrepo en el ejercicio de sus funciones, pero a los que adoro. Sin embargo, en estos cónclaves tengo una pésima fortuna porque suelo tropezarme con los más cretinos. O puede que la culpable sea yo: muy posiblemente soy imán para los personajes esperpénticos.

esclavosVoy a describir la fauna y flora que cohabita entre las páginas de este cuento acontecido en tierras de Castilla cuyo desenlace conocíamos de antemano: qué unidos estamos, cuánto nos queremos y qué buenos somos. Protagonistas cuya sandez no tendría más trascendencia que la anecdótica, si no fuese porque mucho me temo que entre ellos se encuentran los próximos alcaldes, presidentes autonómicos, ministros y hasta el futuro presidente de la Nación. Para echarse a temblar.

Carmela Díaz

Carmela Díaz

A mi lado, en una de las ponencias programadas, observo a un chaval histérico probando mil combinaciones diferentes -entre nervios, taquicardias y sudores fríos- para finalmente subir a Twitter esta simple frase: “Escuchando a De Guindos hablar de competitividad”.  Ante mi estupefacción por su desazón creciente, se excusa: “Si no escribo el tuit adecuado puedo quedar marginado para siempre”. Criaturita. Su máxima aspiración consiste en formar parte del rebaño, agradando y sin destacar. Llegará lejos, sin duda.

El siguiente espécimen que observo, aún acojona más. Ante la llegada inminente de la presidenta del PP de Madrid al ágora para iniciar su intervención, un joven hidalgo se encuentra al borde del colapso. Traer, ubicar, sentar humanos, tapar espacios, no dejar huecos… ¡Faltando más de media hora para el paseo militar de Aguirre! “Soy un mandado. A mí me han dicho que movilice YA a los afiliados madrileños para que esto esté a rebosar cuando asome la presidenta. Y yo obedezco. Lo que me ordenan lo ejecuto sin rechistar”. Claro que sí, chavalote. Y si te sugieren que te tires desde Torre Espacio, tú de cabeza. Lo que viene siendo un militante autómata y sin nada que cuestionar. Otro al que auguro un carrerón entre siglas.

Pero ¡ay, amigo! Que todavía ando yo perpleja asimilando estos singulares razonamientos de los cachorros populares, cuando topo con el más lince de todos. Otro lozano pimpollo que comenta a un compañero sin rubor ni vergüenza alguna. “La política son las fotos. Cuantas más me haga junto a los jefes, mejor podré venderme”. Este sí que lo ha pillado. En el siglo XXI lo capital no es la gestión pública, ni la vocación de servicio, ni tan siquiera el amor a tu ciudad, a tu país, el bienestar de los tuyos… ¡Qué vaaaaaaaaa! La política es la apariencia, el petardeo y el figurar; una antaño noble disciplina, en la que ahora prima la imagen sobre el contenido, los candidatos sobre las ideas, el espectáculo sobre la reflexión. ¿Y luego se preguntan el porqué de la situación de España? Pues hete aquí ejemplos reales de los futuribles líderes: este es el origen de la mediocridad en la política contemporánea y una de las consecuencias de las listas cerradas. Así nos va.

Lástima que por acontecer extramuros y pertenecer al off the record, me autocensuro escribir acerca de las desventuras sobre el Pisuerga de los capitanes generales de las tropas azules: de los que se eternizan en tardíos desayunos gourmet pero pierden  papeles de Estado, de los que muestran síntomas de una esquizofrenia paranoide -“todos están contra mí”-, de los sociópatas que vuelan para no contaminarse con las hordas de catetos plebeyos, de los que presumen de “hacerse los dignos” ante cuatro ciudadanos cabreados pero salen por patas ante cuarenta (¿desde cuándo la dignidad se cuantifica?). Por no desvelar cuál fue la intervención más brillante de la Convención Nacional según el criterio de la secretaria general: delirante.

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