Juan Rosell tiene muy clara la fórmula para que las empresas empiecen a recuperarse. No importa que la mayoría de las cotizadas hayan registrado beneficios en 2013 ni que el consumo siga por los suelos. El patrón de los patronos recurre a la vieja fórmula de siempre: pedir al Gobierno que baje impuestos y los empresarios, a cambio, bajarán suelos -o como mucho, los moderarán.
Esta archiconocida fórmula muestra, en primer lugar, la falta de solidaridad de la clase empresarial. Ya comienzan a abultar sus márgenes y no ven más allá como que, por ejemplo, sus plantillas han adelgazado, que los nuevos trabajadores que han contratado bajo el paraguas de la nueva reforma laboral, malviven en precario y que la tasa de paro sigue superando el 26%, pese a la mejoría económica. Hasta el mismo Banco de España ha empezado a quejarse de esa «insostenible» situación.
En segundo lugar vuelve a recuperar la imagen decimonónica del empresariado. Falto de ideas porque aún no han descubierto una fórmula por la que pagar menos a sus empleados, a no ser que el Gobierno les haga el «favor» de reducir sus costes laborales a base de decretos ley. Esa falta de imaginación también se traslada a su forma de producir. España pierde competitividad a espuertas, baja día a día en competitividad, carece de la valentía suficiente como para invertir en innovación, investigación y desarrollo. Esta falta de coraje lo ha copiado del Gobierno, que ha recortado en futuro lo que no está escrito. Igualito que muchas de las empresas.
De ahí que el patrón de los patronos vuelva a apelar para éste y el próximo año a nuevas bajadas salariales (no se suficiente ese 10% de media que se ha recortado) o a la moderación salarial (para aquellas empresas cuyos cuantiosos beneficios y bonus espléndidos con sus directivos harían sonrojar al más pintado). No es de extrañar que se hayan elevado un 30% las horas perdidas por huelgas el primer mes de 2014. Y lo que queda.
Y su tercera vía más que redundante es su apelación permanente a que le bajen las cotizaciones, que el IVA al menos no se lo toquen (Bruselas está pidiendo que se suba), que se rebaje el impuesto de Sociedades y que se elimine el de Patrimonio y Sucesiones. Ahí es nada. Y por lo que respecta al IRPF, el que afecta directamente a la nómina de los trabajadores, pide que se recupere el que había en 2012.
A cambio, los empresarios españoles prometen que contribuirán a la recuperación del país y a medida que aumenten sus ganancias empezarán a crear empleo, algo que ya nos han vaticionado desde la mayoría de las instancias públicas e internaciones que será un camino lento, plagado de precariedad y bajos salarios.
Rosell debería reunirse con Montoro y de Guindos para explicarles cómo con estas peticiones suyas espera que la recaudación de las arcas públicas aumente. ¿O será solo vía impuestos al trabajo? También se debería reunir con Báñez para convencerla de que aunque se bajen las cotizaciones empresariales, se podrán pagar las pensiones. Y ya que está, debería mantener un encuentro con Soria para pedir ayudas a la innovación, investigación y desarrollo.
Desde las altas esferas del Gobierno se ha acusado en reiteradas ocasiones de que los parados no quieren trabajar, y que prefieren vivir con esos míseros cuatrocientos y pico euros que se les paga como último recurso. Lo que asombra es que no digan nada de los pedigüeños empresarios, a los que se bonifica y subvenciona por contratar a trabajadores que harán que su producción aumente; que ansían con vehemencia las ayudas públicas para destinarlas, en teoria, a mejorar su cadena de producción. Ellos son los que arriesgan y se merecen todo.
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