Mariano Rajoy va por la vida como si la vida no fuera con él. Mientras en España se solapan los escándalos de su partido, en una especie de vértigo convulso hacia el peor titular, él interviene en un mitin de Erdogan. Rajoy había llegado a Turquía con la intención que siempre, manteniendo su indiferencia sorda ante la realidad del país, sobre todo en cuestiones de derechos y garantías democráticas. Por eso, en su visita a Ankara, nadie esperaba que Rajoy hiciera ni el más mínimo comentario sobre los gravísimos casos de corrupción gubernamentales, la represión salvaje contra el derecho de manifestación de los turcos, que en junio indignó a la Unión Europea, la ley de censura de Internet, la persecución de los policías que investigan los casos relacionados con el propio Erdogan o los continuos ataques a la prensa. Es como si hubiera ido a Moscú, donde prácticamente se asfixia y se persigue al colectivo homosexual, y no hubiera hecho ni la menor crítica, en virtud de su representación institucional de un país, España, en el que sí se respetan, al menos teóricamente, los derechos de las minorías. Pero eso no va con él, porque Rajoy está en lo económico, en esos socorridos contratos de obra pública para las muy necesitadas empresas españolas.
Aun así, nadie esperaba ver a Rajoy en un mitin del partido islamista Justicia y Desarrollo, rodeado por el oleaje de banderas de 5.000 militantes. “Es para mí un honor estar aquí con todos ustedes y gracias por invitarme a este acto (…). Me he emocionado mucho escuchando aquí en Ankara el himno nacional”. Entre vítores y entusiasmos habló Erdogan, que no fue tan abstracto –casi nadie lo es- como Rajoy: “A los que quieren arrastrarnos a disputas innecesarias les decimos: hagan lo que hagan, seguiremos sirviendo al pueblo. Muchas personas intentan bloquear el país pero no van a tener éxito”. O sea, las familias que en junio salieron a la calle, pacíficamente, para protestar por la construcción de un centro comercial en el ya mítico parque Gezi. O los periodistas, los policías y los jueces que le investigan, y que están siendo perseguidos. Contra todos se posicionó el primer ministro Erdogan, apoyado en su mitin por Rajoy.
Llega un momento en la vida en el que los despistes, la ingenuidad, la incapacidad reconocida o la más pura estulticia no sirven de eximentes. Por encima de su liderazgo en el Partido Popular, Mariano Rajoy es el presidente de España, y nos representa cada vez que sale por ahí. Ya es discutible –aunque comprensible, dadas las circunstancias- que se establezcan tratos comerciales con un régimen tan represivo con los derechos fundamentales; pero apoyarlo públicamente, sin notas a pie de página, ni un solo guiño a los disidentes, a la ciudadanía amordazada, mientras nos representa, insisto, a todos los españoles, es una barbaridad, todo un despropósito infamante.
Me parece bien que España y Turquía sean “socios y amigos”, porque “desde 1999 España ha sido y es firme defensora de la entrada de Turquía en la Unión Europea”. Pero habría que tocar ciertas cuestiones. Por poner un ejemplo, que Turquía siga siendo el país con más periodistas encarcelados del mundo, por delante de Irán y de China, que se dice pronto, según el Comité de Protección para los Periodistas.
Mientras Turquía no vuelva a ser Estado de Derecho –lo fue antes, gracias al gran proceso democratizador y laico del general Mustafá Kemal Atatürk, padre de la patria turca, y lo dejó de ser con Erdogan-, ningún presidente del Gobierno español debería haber compartido el estrado con este primer ministro. Aunque la vida no vaya con él, por mucho que su lema sea una gran dosis de indiferencia ante el mundo y sus pliegues, sus heridas y ruegos, nos representa a todos los españoles, y no puede subirnos con él, por ninguna razón, ni siquiera la pusilanimidad, para apoyar así a un dictador.
Pero pensemos lo que ocurre en España: los mismos casos de corrupción que acosan a Erdogan, los tiene Rajoy; los periodistas que publican las exclusivas de esas corrupciones, en entrevistas o mensajes de móvil, son represaliados, exactamente igual que sucede en Turquía; las protestas de la población, como en Ankara y Estambul, son brutalmente disueltas; para evitar la movilización ciudadana, se aprueba una ley de seguridad que va minando el derecho de manifestación, como sucede allí. Quizá, después de todo, la reprobable participación de Mariano Rajoy en un mitin de apoyo a Erdogan no se ha debido a la gravísima incompetencia de su servicio de protocolo.
Solamente por haberse incorporado a ese escenario –como presidente de España jamás debería haberse atrevido a tanto, significándose no sólo con un régimen, sino también con un único partido, despreciando a la oposición turca- se podría exigir su dimisión inmediata. Pero si ha pasado por encima de sus propias falsedades vertidas en el Congreso –asegurando que al conocerse las cuentas suizas de Luis Bárcenas ya no trabajaba en el PP, cuando al día siguiente se demostró que sí-, cómo va a importarle ahora, a Mariano Rajoy, el hombre que pasaba por allí, haber dejado a España a la altura de su propia medida como presidente, entre el ridículo y la vergüenza internacional.
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