Un día, en tu vida

16/02/2014

Susana Ramírez.

El despertador suena con la misma melodía de la mañana anterior. Tres posiciones fetales más tarde decides al fin sentarte en el filo de la cama. A veces los filos de la cama parecen precipicios y el día a día ese vacío bajo nuestros pies. Sientes miedo ¿verdad? porque yo a veces sí. Me da miedo vivir por si es el último salto, porque me aterra equivocarme en mi trabajo, porque maldigo el tiempo que se me escapa y no me deja crear y querer todo lo que quisiera.

Aún así todos saltamos por ese precipicio y nos dejamos caer en el vacío de la vida. Del día a día y la rutina. Y bueno… subimos al tren que nos llevará a muchos de nosotros a la oficina. A algunos a un entorno que odiamos, en el que no nos sentimos correspondidos, y a otros al trabajo de sus vidas, donde disfrutan y sienten felicidad.

El día pasará, sin pena ni gloría. Sentiremos que es un día más que pasa, que dejamos atrás. Sumamos horas y horas de trabajo y siempre igual. La vida es rutina aunque nos cueste aceptarlo y mágicamente no nos agota la rutina, porque sabemos cómo salir de ella, cada uno con sus felicidades y sus formas de revivir de ese lugar interior donde a veces se deja morir un rato.

Y bueno. La jornada laboral finaliza y volvemos a nuestros hogares. Allí nos espera la felicidad , una compañía deseada, el “qué tal el día” y a otros solo les espera la pared fría, el teléfono callado en la mesita y esa soledad en el baño y en cristal de la entrada donde muchas veces te miras y es tu reflejo el que te acompaña.

Somos soledad muchas veces. Ni todo el mundo está solo, ni tampoco acompañado. Y si quieres saber que la vida no es tan perfecta como tú la imaginas, sal a la calle y aguarda en una esquina. Observa a la gente, mira sus pasos y sus prisas. Observa cómo caminan, algunos solos y otros más solos que algunos.  Verás que hay gente que arrastran también rutinas y soledades. Que camina gente sola y ausente. Y que camina también gente acompañada entre risas y promesas.

Y más tarde llega la noche. Y la televisión es la única compañera. Y recuerdas tu infancia cuando la televisión era una pesada caja y la mirabas en compañía de tus padres y estos te decían que cambiaras de canal, al 3 o al 5. Porque no existían aún los mandos a distancia.

Y ahora en tu mano, esa noche hay un mando a distancia. Una televisión que no pesa nada, tan fina como el cuadro que tenía tu abuela colgado en la entrada de su casa. La vida ha cambiado más de lo que imaginas, pero si caes en la cuenta hay algo que sigue igual y no cambia.

Cada día tienes que sentarte en el borde de la cama, cada día, desde que tus padres decidieron que podías dormir en tu cama a solas, te sientas en el borde y te lanzas al precipicio. Saltas como los valientes a por un día más. Lo que ocurre es que nadie se da cuenta de la hazaña, porque… parece que despertar y empezar un nuevo día es algo normal y que todo el mundo hace o debe de hacer. No pensamos que vivir un día en la vida de alguien es todo un reto, es de valientes. Y tal vez mañana cuando te sientes en el borde de la cama recuerdes estas palabras y entonces le des sentido a todo esto que escribo.

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