Que no tirándose mujeres en los escaños… Hasta el moño de que utilicen mi género femenino -precisando, de que me usen a mí- como arma arrojadiza entre partidos. Por no decir hasta el coño, que pregonaría esa fina y elegante diputada de Amaiur, que por supuesto, no solo no me representa, sino que me espanta. No tanto ella como individua -que posiblemente con semejantes siglas por bandera, también- sino por el tufillo ideológico en aras del cual se está empleando el buen nombre y los sagrados derechos de la mujer: como moneda de cambio política.
No se equivoquen ni se hagan falsas ilusiones: el vodevil que presenciamos pasmados en las últimas semanas no gira alrededor del bienestar y la dignidad de la mujer, sino sobre un puñado de votos. El eje prioritario son los intereses partidistas, y en última instancia, los beneficios personales de los que compiten por mantener o acceder a un cargo público de renombre. Son los entresijos del poder.
Por un lado, nos encontramos con los que todavía se adueñan de una pretendida superioridad moral en materia de causas justas, valores y conquista de derechos, que a estas alturas de la película, no hay quien se lo crea. A los hechos del gobernar y el actuar socialista me remito; ahí tenemos flagrantes -e infinitos- ejemplos que rebaten semejante argumento.
Por el otro, un desfile de soberbia incorregible y altanería crónica de la formación que nos gobierna, cuyos integrantes se consideran tocados por la mano de Dios desde los cielos y legítimos titulares de una aristocracia contemporánea en la Tierra.
Entre medias, un puñado de políticas que distan años luz de lo que son las españolas de referencia de nuestro tiempo: formadas, preparadas, valientes, con trayectorias profesionales impecables. De éstas, por suerte, hay muchas, muchísimas. Sin embargo, se supone que el summum de las féminas patrias se ejemplifica en figurantes como Elena Valenciano, Soraya Rodríguez, Susana Díaz, Ana Mato, Fátima Báñez o Celia Villalobos. Y olé.
Acaudillando el cotarro, ese ministro polimórfico, ciclogénico, pirotécnico y onírico al que le voy a dar yo con la grandeza de la mujer en toda la boca. ¡Zas! Por sorpresa, intensamente y sin respiro. Si no fuese porque cuando entre mandamases anda el juego no me juego ni una pestaña, sería capaz de apostarme un ovario a que ni él mismo se cree lo que está amparando por encima de sus posibilidades.
Y como animadoras incombustibles, unas doncellas que berrean, berrean… Emperifolladas por la testa y con la desnudez del torso como insignia. Nada que objetar: a mí las chicas me gustan guerreras. Aunque más de acción que de follón…
Si enfocasen sus energías hacia el ámbito de lo laboral, social y económico (conquista del poder real, igualdad salarial plena, impulso del autoempleo femenino, legislación favorable a la conciliación, protección frente al maltratador, penalización de las actitudes sexistas, libertad femenina en el mundo no occidental o una cruzada por erradicar ignominias como la ablación) igual hasta la que escribe se unía al batallón del despelote. ¡Hombre ya!
Pero es que mosquea que se focalicen, únicamente, en una férrea reivindicación de derechos desde la perspectiva sexual -que oigan, está fetén, pero si no se queda solo ahí, ¿no?-. Porque compañeras, camaradas, señoras, ladies, ustedes deberían conocer que una dama tiene mucho más que ofrecer que cuerpo, sexo o maternidad: talento, sabiduría, intelecto, coraje, ingenio, sensualidad, fortaleza, garra…
Si limitan la pelea a esta parcela, restringen la identidad global de la mujer contemporánea. En cierta manera, se convierten en aliadas de sus verdugos, alimentan a la bestia que hay que derrotar.

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