“El invitado amargo”, de Vicente Molina Foix y Luis Cremades

20/02/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

¿Cómo se reubica la memoria, cómo se transita y se rescribe? Mucho hay de imposible regreso al paraíso en El invitado amargo, la apasionante novela que Vicente Molina Foix a Luis Cremades han escrito a cuatro manos, alternándose en la autoría de los capítulos casi en la totalidad del libro. Amantes hace treinta años, en los intensos y legendarios 80, después de un reencuentro reciente que no lo era del todo –porque en el libro sabemos que, durante esas tres décadas, alargada había sido la sombra de cada uno de ellos para el otro-, Vicente Molina Foix escribe a Luis Cremades una carta en la que le comunica un proyecto literario: “La idea no pasa de ser un brote inesperado pero potente, y de ahí mi interés, siempre que esto que te adelanto despierta en ti una respuesta positiva, en hablarlo con más detalle. He sentido el deseo de contar la historia paralela de nuestras vidas, mientras se cruzaron, en un libro escrito al 50% por ti y por mí: una novela de amor intenso y complicado, lleno de generosidad y egoísmo, de incertidumbres y entregas, que sus autores contemplarían y reconstruirían por separado, sin omitir nada, desde hoy”. Al volver precipitadamente de Marruecos, tras ser avisado por teléfono del robo en su casa madrileña, Molina Foix encontró esparcidas por el suelo muchas de sus cartas, la correspondencia de una vida, antes ordenada en grandes cajas y ahora esparcidas en el suelo de la habitación: cartas de Aleixandre, de Benet… Y cartas de Luis Cremades, el antiguo amante del que últimamente sabe ha sido visitado –y devastado- por ese “invitado amargo” que es la enfermedad, en su mayor expresión y dureza. Las vuelve a leer, morosa, casi porosamente: “Me conmovieron profundamente, aparte de parecerme, como ya sabía de entonces, maravillosamente bien escritas”. Y poco después, una intención que sería felizmente correspondida por Cremades: la escritura de una novela a cuatro manos, este Invitado amargo de lectura sobrecogedora.

La primera cuestión: ¿es una novela? Desde luego que sí: por los cuatro costados, y nunca mejor dicho. Independientemente de que ya todo es novela –otro asunto distinto es el rigor y la altura de cada propuesta-, la tremenda originalidad del planteamiento no puede hurtar al libro su rango literario. Es novela y, como la gran novela actual, hace de la autobiografía excelente materia narrativa. ¿O alguien estaría dispuesto a afirmar que la estupenda y dolorosa Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, no es una novela? De todas formas, es un debate estéril: ahí están los libros, para ser disfrutados, leídos y sufridos. La singularidad de El invitado amargo radica en que ambos escritores escriben de un mismo tiempo, vivido por los dos, dentro de la pareja que formaron: uno, Vicente Molina Foix, entonces treintañero autor de éxito, famoso poeta novísimo y novelista poliédrico que avanzaba hacia su propia escritura total; otro, Luis Cremades, con apenas veinte años, recién llegado a Madrid –el ochentero, el de las largas noches coronadas con fiestas invisibles y amaneceres metálicos-, encuentra en Molina Foix no sólo la pareja sentimental, sino el introductor, el confidente, el compañero más experimentado y sabio. Asistimos al auge y la caída de un amor, entendido en el sentido clásico del maestro y el discípulo, pero con la variante vivísima de que esos papeles también pueden irse alternando, a medida que el propio amor declina, renace y se transforma en un nuevo horizonte y sentimiento, en ese pliegue oculto de la piel que nos despierta a veces con su aroma de inconfesable vacío.

 

En El invitado amargo, la inseparabilidad platónica de verdad y belleza es una plenitud que destierra el vacío. Bajo la sombra tutelar de Vicente Aleixandre y ese santuario de quietud que fue su casa en la calle Velintonia, asistimos al dolor puro de amar, como sintaxis mística, en la pérdida y su consumación. Estamos ante una novela de iniciación a la literatura y a la vida –en el punto de vista del entonces muy joven Luis Cremades- que uno hubiera querido poder leer con veinte años; pero también ante la reflexión de una madurez, mediados ya los treinta –en el personaje de Molina Foix-, que busca convertir la pasión en la continuidad que ya no explica el mundo, pero lo vuelve cómodo y amable. El descubrimiento de los dos escritores, puestos frente al espejo de sí mismos treinta años después, nos lleva a comprender que no hay amor sin belleza; al menos, si es auténtico. Y también que estamos ante dos excelentes narradores, capaces de enfrentarse al relato invisible de sí mismos y volverlo corpóreo, pero también de transparencia cómplice para el afortunado lector que se encuentre este vivo testimonio.

Además de su aroma de época, y de la galería de personajes ligados a la historia literaria de esos años, el principal logro de El invitado amargo es el equilibrio de estilo sostenido entre los dos autores. Independientemente del indudable acierto de encabezar cada capítulo con el nombre propio de su narrador, en cuanto se entra en el juego que su lectura propone detectamos perfectamente cuando nos interpela cada uno, pero sin transiciones traumáticas: porque, a pesar de que somos plenamente conscientes, en cada momento, de qué escritor nos habla, también es un hallazgo de esta prosa hermanada que cuando pasamos al siguiente, y es otro quien escribe, sintamos que seguimos dentro del mismo libro, que no hay una ruptura radical, porque las dos escrituras, con sus variaciones, guardan ese tono de familia entre la reflexión que desea y busca sus razones y el sentimiento de treinta años atrás que, de pronto, aparece de nuevo y cobra fuerza, sale de su silencio y se incardina en el sujeto de hoy. Es, en ese sentido, un ejercicio admirable de auscultación recíproca, con un retrato doble articulado por esas dos miradas, la actual y la pretérita, que se han encontrado trabajosamente, a veces duramente, como las mismas fotografías de los autores que ilustran el libro –las de hoy, en la solapa; las de ayer, en el interior, abriendo la narración- son también la imagen de un anhelo de vida, desde el ejercicio de la perduración, en esa fortaleza de su fragilidad.

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