El debate del estado de la nación no tendría que ser un mitin donde los afiliados van a aplaudir y no a escuchar a su líder carismático. Pero el Congreso, en teoría, no se celebran mítines sino debates. A diferencia de los mítines donde van los convencidos en el circo del Congreso también asisten los desafectos, con lo que el espectáculo de aplausos y abucheos da no poco color al espectáculo. No me imagino un show semejante en el consejo de administración de cualquier empresa.
El debate del estado de la nación está pensado para tomar el pulso del país, sin embargo en la práctica todos hablan y nadie escucha. Se dirigen a un hipotético público que no está en la Cámara, a los potenciales electores, a los periodistas que buscan un titular o a la demoscopia que designa ganadores y perdedores, como si de una competición deportiva se tratara.
En este contexto la demagogia le gana la partida a los razonamientos. No es extraño que la audiencia de las radios y televisiones que retransmiten el debate en directo es mínima y posiblemente el interés de los pocos lectores de los periódicos sobre el tema queda reducido a los titulares. Queda en evidencia que los problemas del común de los ciudadanos está lejos de las prioridades de los políticos. El divorcio entre la España real y la España oficial es tan grande como demuestra la demoscopia sobre la valoración que los ciudadanos tienen de la clase política y de sus instituciones.
Unos celebraron que “hemos pasado el cabo de Hornos” mientras otros se preguntaban en qué país vivía el presidente y los catalanes, a lo suyo, reclamaban la consulta. Como dicen en las películas, cualquier parecido con la realidad del común delos españoles es pura coincidencia.
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