José es un joven preparado. Ha cursado dos carreras de élite obteniendo altas calificaciones, es trilingüe, realizó prácticas en empresas de prestigio y colabora como voluntario en una organización solidaria todos los veranos. El culmen de sus veintipocos sería encontrar trabajo. Pero ¡ay, amigo! vive en España. Lo ha intentado sin tregua durante dos años; sin embargo, a pesar de ese excelente currículum, su merecida primera oportunidad laboral se le antoja una lejana utopía. Hoy se dirige al Congreso de los Diputados para seguir desde la tribuna de invitados el Debate sobre el Estado de la Nación.
Roberto es un abuelo jubilado que tras más de media vida dejándose la piel en eternas jornadas laborales, ahora malvive con una ínfima pensión. Además, los recortes en Sanidad dificultan el acceso a sus medicinas. Como José, él también presenciará en directo la madre de todos los debates políticos. Ambos acceden ilusionados al hemiciclo, recreándose con su grandeza. “Aquí reside la soberanía popular”, meditan. En un día tan señalado como hoy, impresiona aún más. Las bancadas repletas, las tribunas abarrotadas y la hiperactividad de la prensa poniendo la guinda a un ambiente de gala.
El Presidente comienza su intervención. Desde el inicio, el constante tono triunfalista incomoda al joven José, desesperado por conseguir un empleo. Como él la inmensa mayoría de sus amigos y otros cinco millones y medio de españoles. Apenas escucha tres veces de boca del Presidente la palabra Educación -dada su edad, lo más cercano a sus intereses-. Pero sí decenas de “crecimiento”, “confianza”, “resultados”… Por momentos duda de si Rajoy y él conviven en idéntico país. Cuando el orador proclama que el desempleo entre los jóvenes está decayendo, se revuelve sobre su asiento.
Roberto sigue atento el discurso, sintiéndose decepcionado cuando apenas sale de boca de don Mariano el término Sanidad, una de sus inquietudes prioritarias -como la de otros tantos mayores-. Tan solo en dos ocasiones es pronunciado por el Presidente tal derecho. De recortar el gasto en las administraciones, nanay. “Ah, ¿pero que no van a disminuir cargos público ni a eliminar instituciones innecesarias?” reflexiona. La esperanza de Roberto al paredón.
Llega el turno del jefe de la Oposición y a nuestros protagonistas les place su arranque fulminante: “¿En qué país vive usted, señor Rajoy?”. Más o menos lo que han razonado gran parte de los españoles al oír la reiterada autocomplacencia del Presidente en la intervención previa. Para acto seguido, anciano y joven, cabrearse mucho. Muchísimo. Porque caen en la cuenta que el que ahora embiste como un torito -sin papeles, elocuente, bravo- es cómplice y hasta responsable directo de la situación actual, la que ha llevado a uno a la imposibilidad de acceder al mercado laboral -como a más del 50% de nuestra juventud-, y al otro, a una jubilación intranquila sin estabilidad económica.
Es entonces cuando llega el turno de las réplicas y las contrarréplicas -del “y tú más”, en definitiva-. Y José e Roberto, Roberto y José, tan lejanos en edad y con preocupaciones vitales tan diferentes, convergen en impresiones y pareceres. “Esto del famoso debate tiene poco de práctico y mucho de espectáculo; los presentes son como las plañideras, mucho cacarear, pero poco resolver; las intervenciones de Gobierno y Oposición más que realistas son un paripé; lo que éstos pregonan en tribuna no es lo que percibimos los de a pie; además de para rellenar periódicos y abrir informativos, lo que estamos contemplando ¿qué nos resuelve a los ciudadanos?; ¿ante la opinión pública gana alguno de los dos o es España la que pierde con estos representantes? Ellos se lo guisan, ellos se lo comen, y nosotros aquí, cual pasmarotes”… Estas son algunas de las impresiones que van intercambiando el invitado veterano y el novel entre orador y orador.
Y así es como nuestros protagonistas del día finalizan la jornada, regresando a sus hogares. Rajoy y Rubalcaba, Rubalcaba y Rajoy cubiertos de laureles por sus respectivas bancadas y de gloria bendita por sus periodistas de cabecera -según la línea editorial que corresponda-. El Presidente, finiquitando la crisis. El jefe de la Oposición, resucitado. José sin un empleo. Roberto sin recursos para sus medicinas. Eso sí, todos han disfrutado de una jornada de lo más teatral, mediática, fastuosa y no sé cuántas cosas más…

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