Un tal Antonio Machado

26/02/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

Antonio Machado vuelve a morir sorda y morosamente cada año, guarda otra vez en el fondo raído del bolsillo de su abrigo esos versos finales, tan inspiradores, buscando el sol azul de los días de infancia. Pero este fin de semana ha vuelto a morir de otra manera, como si desde la televisión pública hubieran decidido hurtarnos la memoria de su vida y su muerte. Según el reportaje del telediario de TVE en el 75 aniversario de su muerte, Antonio Machado ya no es Antonio Machado, sino un hombre que pasaba por allí escribiendo poemas que gustan a los niños. Ya está. Para quien no lo viera, voy a tratar de resumir el reportaje del telediario del  sábado. Sale la tumba en Collioure y un grupo infantil leyendo sus poemas. Hasta ahí bien. Pero además de no decir absolutamente nada de su dimensión intelectual, filosófica y literaria, ni de su biografía, su época o sus compañeros de generación, ni siquiera se nombran ni la Guerra Civil ni el exilio. Quizá estos niños piensen que Antonio Machado está enterrado en Collioure porque fue hasta allí, un fin de semana, haciendo senderismo con su madre.

¿Tanto miedo hay a la verdad entre los dirigentes de TVE? En su obsesión por controlar a la ciudadanía, llegan al extremo de intentar simplificar, dejándolo al margen de la Historia, hasta volverlo poco menos que un animador pueril a la lectura, a todo un referente mundial del compromiso ideológico de izquierdas en la poesía de siempre.

Quizá, lo que sucede, es que hay demasiada gente preocupada por la vigencia de ciertos símbolos para la ciudanía. ¿Qué es un pobre poeta que murió solo en el exilio, abandonado por la suerte y por la Historia, acompañado de su madre anciana, enferma, un hombre que pasó toda su vida haciendo oposiciones para un humilde sueldo de profesor de instituto, cuya mayor gloria fue escribir esos versos hondos y sencillos?

Según parece, este hombre “de torpe aliño indumentario”, que vivió la bohemia parisina y la madrileña de los teatros, ferviente defensor de la República y de los derechos de los ciudadanos por un mañana más amable y ligero en la carga de todos, es aún peligroso para ciertos agentes del poder, y sigue siendo ese “un tal Machado” de la hermosa, emocionante y emblemática canción El maestro, de Patxi Andion.

Como bien han declarado Alfonso Guerra y el poeta Jacobo Cortines, la tumba de Machado debe quedarse exactamente donde está, en Collioure, donde se le cuidó, para no borrar la huella del exilio y de la Historia. Que es, precisamente, lo que algunos pretenden hacer, con este vaciamiento nada inocente de una de las personalidades más definitivas del siglo veinte español. Por mucho que intenten banalizarlo, en horario de máxima audiencia –ni una sola palabra sobre la Guerra Civil, insisto, o de su compromiso, su ideología, ni de la penuria de su caminata hasta el exilio o su muerte desolada-, Antonio Machado sigue siendo Antonio Machado: no el letrista de Serrat, como querrían minimizarlo algunos todavía hoy, sino uno de esos poetas en los que podemos mirarnos y crecernos, sacar de entre nosotros lo mejor que guardamos como sociedad y país, como relato colectivo total en el que, a veces, unos gestos pequeños logran imponerse a la barbarie pretérita y la inquietante manipulación actual.

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