Los bancos de la vergüenza

03/03/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

No es que sea lo más duro, ni lo más doloroso; pero que hayan modificado los bancos de Alicante, con una barra metálica en medio del asiento, para que los mendigos no puedan tumbarse, es una canallada que deslumbra por la fuerza agresiva de la imagen. Ya habíamos visto en otras ciudades los bancos individuales, esa especie de sillones anchos, situados extrañamente de dos en dos, como si fueran las sillas de un salón a la intemperie en la que las parejas pudieran hacer zapping con la vida real mientras asisten a ella como espectadores abismados en un plasma invisible. Ahí ya se podía entrever esa maldad oculta en la intención: que ningún vagabundo, llegada la noche, pudiera establecer su campamento sobre la extensión horizontal de un banco que, con forma de sillón, como mucho podría dejarle acurrucarse de mala manera. Pero como los atentados estéticos son algo ya común en las ciudades, sobre todo si se trata de despilfarrar nuestros impuestos, y uno ha visto ya tantos engendros urbanísticos, podíamos contemplar esos bancos individuales únicamente con desaliento estético.

Pero estos nuevos bancos, con su barra en el medio, son un mensaje directo para cualquier paria de la tierra: no podrás tumbarte en este banco, no podrás dormir en este parque –en este caso, la alicantina plaza del Panteón de Quijano-, nadie te desea en esta ciudad. Lo que molesta, al parecer, no es tanto la pobreza, como la visibilidad de la pobreza. El Ayuntamiento de Alicante se ha cubierto de gloria –de vileza, quiero decir: de una asquerosidad moral que rasga la retina y la revienta-, con estos bancos que ya han sido bautizados con un nombre eficaz: “antimendigos”. En esta sociedad superficial, no importa lo que se es, sino lo que se pueda aparentar. Lo que preocupa no es poner las condiciones para que la gente sin hogar tenga donde dormir, sino que lo haga en otra parte, donde sea, pero fuera del paisaje: porque la prioridad no es ayudar, sino limpiar las calles de su vista molesta. Mientras, desde las Unidades de Emergencia Social de Cruz Roja se ha certificado el aumento de personas sin vivienda, en Alicante, desde el año pasado. Así, la Cruz Roja ha duplicado sus acciones de atención a los ciudadanos –porque lo son, ciudadanos, y tienen también derecho a la vía pública- que viven en la calle, de los 542 de 2012 a los 1.382 de 2013. También está aumentando el número de mujeres sin hogar, aunque mayoritariamente siguen siendo hombres.

Comprendo que ante la amenaza de una crisis de Rusia contra el resto del mundo, suponiendo que Ucrania no se quede sola con su otoño en Crimea, parafraseando la novela de Carlos Pujol, una circunstancia como la implantación de barras metálicas en medio de unos bancos de una plaza alicantina, para que la gente de la calle no pueda echarse en ellos a dormir, puede parecer un mal menor, una de esas noticias peregrinas que sólo nos remueven la conciencia en lo que dura un golpe de retina. Pero hace falta no tener ni un ápice de ética, ni de humanidad mínima, para imponer algo así, y es necesario denunciarlo. Son bancos de vergüenza: estos también.

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