Ahora el corazón de las tinieblas ya nos hiela la sangre porque apenas importa, ni escucharlo ni reconocerlo. No es que vivamos sin oír el dolor ajeno, sino que lo hemos asimilado adecuadamente, en una gradación siniestra y sometida a unas extrañas líneas de clasificación racial. Por poner un ejemplo: si un grupo de turistas franceses se hubiera caído accidentalmente de un crucero delante de las costas de Ceuta, pasara la noche tratando de sobrevivir y, ya por la mañana, al llegar a la playa, hubiera sido recibido por una compañía de antidisturbios disparándoles pelotas de goma y gases lacrimógenos, y además existieran vídeos que lo corroboraran, no estaríamos únicamente ante un conflicto diplomático entre los gobiernos francés y español, sino ante un escándalo sin precedentes en el derecho público internacional moderno: porque nadie entendería que, en lugar de socorrerlos, las fuerzas de seguridad españolas les impidieran llegar a tierra y salvarse. Si además quince de ellos hubieran muerto ahogados, la crisis se agravaría con las lógicas acusaciones de asesinato, que tardarían apenas unos segundos en ocupar los titulares de la prensa francesa. Si encima el ministro de Interior español asegurara que no se ha disparado a nadie, sino al agua, la ruptura de relaciones diplomáticas entre los dos países estaría garantizada: porque ¿dónde, sino en el agua, habrían asomado las cabezas agónicas de los supervivientes? Si el ministro de Interior afirmara que se disparó al agua –o sea: donde esa hipotética pobre gente francesa soltaría sus extenuadas brazadas para mantenerse a flote-, estaría admitiendo abiertamente una posible responsabilidad gubernamental en sus muertes.
Otro ejemplo: ¿qué ocurriría unos fanáticos islamistas entraran en un colegio y pasaran a cuchillo a treinta chicos, para después quemar la escuela? Ya lo sabemos, porque desgraciadamente han ocurrido casos similares con armas de fuego, y han ocupado las cabeceras de los noticiarios durante semanas. Sin embargo, 43 estudiantes nigerianos de secundaria son acuchillados en Buni Yadi tras el ataque del grupo radical islámico Boko Haram, y apenas merece unos segundos en nuestro telediario. Hablamos de 43 muchachos cuyo único delito era querer aprender, degollados por eso y quemados después, junto a sus libros, por el integrismo terrorista. Si hubiera sido en EE.UU., en Italia o en Noruega nos identificaríamos con sus padres, con el ejemplo cívico del amor por la educación frente a la barbarie, el salvajismo y la sangre cubierta de cenizas, y seguramente se enviarían centenares de ramos de flores y juguetes, improvisando un altar sobre la acera, en la puerta del colegio, con un millar de mensajes a los muertos.
Pero ni los 15 “ahogados” son franceses, ni los 43 niños pasados a cuchillo son norteamericanos, italianos o noruegos. Un niño blanco degollado es noticia durante meses; un niño negro no. Un hombre blanco pide socorro en el mar y es un náufrago, y hasta le hacen una película o una serie de televisión; pero si es negro se considera un invasor, y puede ser tiroteado con pelotas de goma y gases lacrimógenos. Es más: en caso de morir, en el primer caso nos encontraríamos ante un más que presunto homicidio, porque a un blanco no se le dispara, sino que se le echa un chaleco salvavidas; pero en el segundo, si el negro muere ahogado tras haberle impedido llegar hasta la orilla, es “una tragedia humanitaria”. Independientemente del derecho de cualquiera a buscar una vida mejor –sobre todo esta gente, a la que seguimos expoliando- el lenguaje es racista porque la información, como el dolor, es racista.
En nuestra hipocresía tranquilizante, la compasión depende del color de la piel.
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