Diez años de dolor y mezquindad

11/03/2014

Germán Temprano.

No hay dolor ni muerto que resista la mezquindad de algunos. Así, sobre una montaña de cadáveres que sobrecogió y hoy, diez años después, todavía lo hace a la gente de bien no falta quien trata de apuntarse tantos periodísticos, sembrar dudas y discordia o, más simplemente, ignorar la memoria de cientos de inocentes para dar pábulo de nuevo a sus detestables maniobras. Cuando el aniversario del 11-M se convierte no en conmemoración de la barbarie sino en excusa para ajustar cuentas la enfermedad de este país, por localizada que esté, es mucho más grave de lo que uno pensaba. Hay ciertas voces que, por descabelladas, sólo deberían responderse con los tribunales o la indiferencia. Otras, sin embargo, por lo que deberían representar y, por fortuna, no representan, sólo merecen el más absoluto de los desprecios.

Que diez años después un presidente autonómico siga cuestionando el proceso judicial y la sentencia, la clarificación de los hechos y, en suma, se suba al carro de la confusión en un hecho tan dramático y deplorable únicamente sólo puede ser calificado de miserable. A la espera está uno de que Ignacio González, cuando le convenga, diga eso tan socorrido de que respeta las decisiones de la Justicia. No lo hizo cuando se imputó a su esposa por el turbio asunto del ático marbellí, pero eso es nimio y anecdótico al lado de lo que supone este cuestionamiento explícito de un proceso judicial de tal envergadura. Los equilibrios nauseabundos de relevantes cargos del PP entre los bulos interesados y las resoluciones de los tribunales delatan que el ‘rastrerismo’ político alcanza cotas inimaginables.

Alentar de nuevo ese vergonzoso episodio cimentado por interés partidista sobre el desgarro de cientos de familias supera con creces el abanico de adjetivos que ofrece el idioma castellano. Uno, que por razones laborales, vio sacar cadáver tras cadáver en la calle Téllez, siente el mayor de los ascos al leer u oír como todo ese desgarro, incurable en esta vida y en otras tantas, es obviado para alardear del ‘ya dije yo que eso no estaba demostrado’, ‘todavía  no se sabe todo’ o los silencios cómplices de quien, como González, cuando se le pregunta si cree que no está aclarado huye como el mayor de los cobardes.

Eso sí, luego que no falte el acto institucional, las medallas, los monumentos, las cámaras y las fotos en los periódicos con el rostro compungido.

Pese a la buena voluntad de las palabras y de los consuelos, no todos íbamos en esos trenes. Allí se quedaron recuerdos del pasado y, sobre todo, mucho futuro de jóvenes que salieron de casa y jamás volvieron a ellas. Nadie puede reponer a unos padres del infinito dolor de haber perdido a un hijo, pero entre esa imposibilidad y buscar la rentabilidad mediática o política aun a costa de dejar a las víctimas en un segundo plano al menos cabía la opción del silencio. En este caso hubiera sido la más reconfortante virtud.

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