Hoy se cumplen diez años de la mañana gris y atronadora, del día en que perdimos definitivamente la inocencia. Estallaban las bombas dentro de los vagones, se retorcían en carne abrasadora como el metal ardiendo, como el humo noctámbulo y perverso, matinal y encendido después del gran silencio. Madrid era el silencio: un silencio opaco, gutural, que se podía sentir cuando después, a las muy pocas horas, cogías el metro de la ciudad desierta sin cruzarte con nadie. Hubo ese gran dolor, esa tristeza, todos esos nombres cosidos a relatos muy pequeños. ¿Cómo gestionamos la tragedia? Todavía era un Gobierno, como hoy, del Partido Popular. Del candidato a la presidencia, Mariano Rajoy, como hoy, no se supo nada: no aparecería en todo el día, ni tampoco después, seguramente aconsejado por el núcleo duro de Moncloa, para que fueran otros –ese titubeante Ángel Acebes- los que se quemaran ante el atril y el micrófono, asegurando que ETA había causado un atentado que la prensa mundial atribuía a Al-Qaeda; sin embargo, tanto tiempo después, después de esta experiencia de dos años y medio en el poder, lo tenemos más claro: Rajoy no apareció, ayer igual que hoy, porque no tenía nada que decir. Después José Luis Rodríguez Zapatero ganaría esas elecciones, una victoria que se intentaría deslegitimar, durante demasiado tiempo, por la sangre de las vías, como si los terroristas fueran los que hubieran votado el 14-M.
Ninguno de los voceros de esa “conspiración” –hubo otras teorías conspiratorias, tan delirantes como calumniosas, que todavía humean en sus ascuas parlantes- se acordó entonces de que las calles españolas se habían llenado ya contra la guerra, y que ni Aznar ni nadie de aquel Gobierno había querido escuchar la indignación de un país entero. Mientras, se habían bombardeado ciudades muy lejanas, mercados, gentes como nosotros, y hasta murieron dos corresponsales españoles: Julio Anguita Parrado y José Couso, este último en fragante atentado de las tropas de EE.UU. contra el hotel Palestina, que ya es casualidad el nombre e injusticia poética, sin que el entonces Gobierno exigiera responsabilidad alguna a su socio bélico. Aznar aseguraba lo que nadie creía: que en Iraq había armas de destrucción masiva, extremo desmentido varias veces por Hans Blix y los demás inspectores de la ONU. Pero Aznar vivía su romance con George Bush y el partido alargaba su idilio con Aznar, mientras Iraq reventaba.
Y con Bagdad, después, reventó Madrid. Ganó las elecciones Zapatero, que al abrir la televisión pública a los programas de debate político –en la etapa anterior no había ni uno-, los puso de moda y terminó haciendo ricos a los comentaristas profesionales que se convirtieron en sus principales detractores, mucho antes de los “brotes verdes”, tratando de emponzoñar una victoria electoral legítima. Después vendría la comparecencia emocionada en el Congreso de Pilar Manjón, madre de una de las víctimas, y las risas de Eduardo Zaplana mientras la escuchaba. Vendría también después la división de las víctimas, el empeño por enturbiar cualquier iniciativa por saber la verdad; y hasta hace poco, el mensaje del Partido Popular era que el terrorismo vasco estaba detrás del atentado, cuando ya todo el mundo sabía que fue el terrorismo islámico. Pero asumir eso tenía un coste político, que el PP acabó pagando, sin tener la valentía y la oportunidad política de aceptar la verdad, con varias derrotas electorales.
España es un país que no ha aprendido a cerrar sus heridas. Ocurre con la Guerra Civil y con el 11-M. El actual presidente fue vicepresidente de un Gobierno que nos llevó a la guerra con Iraq, que fue corresponsable de miles de muertes, que mintió a los españoles sobre la autoría del atentado para evitar la derrota electoral, y aún no ha perdido perdón por su mentira pública, estructural, orgánica, de un partido que, frente a la realidad, escogió seguir siendo la voz de su amo. Hoy se cumplen 10 años, y las víctimas siguen como entonces: en esa terrible soledad del dolor. El PP nada dice de su actuación de entonces, como si haciendo oídos sordos al pasado se pudiera borrar. Pero quedan los nombres de las víctimas, quedan la gestión del atentado y el recuerdo de la crispación, como sigue quedando la palabra en lucha permanente, raspando a la verdad.
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