Decía Jaime Gil de Biedma, con una relativa impostura de resignación y cierto desencanto: “Ahora que de casi todo hace ya veinte años”, y tenía razón. Antes o después, de todo acaba haciendo veinte años. Hace no veinte años, sino veintidós, yo era un estudiante de 2º de BUP, de apenas quince, cuya principal preocupación era no faltar nunca a ningún entrenamiento de su equipo de baloncesto y alcanzar los dos metros de estatura, para poder jugar de pivote, aunque fuera un pivote pequeño, frente a los colosos que ya entonces, en las categorías cadete y juvenil, sobrepasaban los dos metros de estatura, a los que yo me tenía que enfrentar con mi escaso metro noventa. También me gustaba mucho leer, y de vez en cuando me atrevía a escribir. ¿Y qué leía? Además de la excelente revista Gigantes del Basket, comics de superhéroes –todos- y las novelas y libros de poesía que nos iban proponiendo nuestras profesoras, desde el siglo de oro hasta el romanticismo. Todo lo devoraba, pero todo me parecía, también, ajeno a los asuntos que me preocupaban, como si esos autores escribieran desde una edad lejana.
Un día, nuestra profesora de literatura nos dijo que íbamos a trabajar Córdoba de los Omeyas, un libro de ensayo, cercano a la novela y elegíaco, de un escritor del que yo no había oído hablar: se trataba de Antonio Muñoz Molina, que acababa de ganar el Premio Planeta por El jinete polaco y estaba considerado –esto lo descubrí después-, uno de los principales nuevos narradores españoles. Decir que devoré el libro es quedarme corto: lo leí dos veces de principio a fin y me sirvió para descubrir una ciudad, la mía, con unos nuevos ojos que me hicieron también habitarla a través de los pliegues ondulados del tiempo. También, desde aquel día, la escritura de Antonio Muñoz Molina no ha dejado de acompañarme, durante estos últimos veintidós años, a través de sus brillantes y comprometidos artículos de prensa y de novelas tan estupendas, además de las primeras, como Plenilunio, Sefarad o Ventanas de Manhattan. En mi recuerdo, claro, está el gran escritor, el novelista, con una prosa densa y cargada de sentido poético, pero también real, con el que luego me he ido encontrando personalmente estos años, recordando en alguna ocasión aquella primera tarde en mi colegio: cuando por una única vez falté voluntariamente a un entrenamiento, pero a cambio asistí a mi primera clase de literatura moderna y descubrí nombres como Kafka, Faulkner o Hemingway, y también Vargas Llosa o Gabriel García Márquez.
Pero en mi recuerdo, sobre todo, está aquella profesora –se llamaba y se llama Isabel Galera- que en el Colegio CES, de Córdoba, tuvo la inteligencia y el acierto de propiciar que unos chavales de quince años se atrevieran a enfrentarse a un texto de verdadera dificultad, y que también nos interpelaba, desde el pasado mítico de nuestra ciudad, con el nuevo lenguaje de nuestro propio tiempo. Aquella profesora tuvo la paciencia de guiarnos, escucharnos, proponernos que escribiéramos sobre lo que habíamos leído y, además, de alguna forma acabó haciendo posible que el autor viniera hasta a nuestra clase para comentarlo con nosotros. Por cierto: también Antonio Muñoz Molina vino acompañado de su profesor, al que había dedicado el libro: Luis Molina.
Sigo creyendo en la literatura del gran escritor, pero soy cada vez más consciente del valor infinito de aquella mujer, que nos hizo posible comprenderlo, que nos amplió la visión angular a muchachos que apenas comenzábamos a atisbar una realidad que se iba aproximando, lentamente, a la madurez. Porque con el tiempo me he ido convenciendo, como Scott Fitzgerald, de que nada vale más que el trabajo bien hecho, que la morosidad y el detalle del trabajo diario, y nuestra fe en sacarlo adelante.
Creo en estas profesoras, en esos profesores que entienden la vocación como generosidad, que nos escuchan aún por el túnel del tiempo, a los niños que fuimos, y nos hacen creer que quizá algún día serán nuestros libros los que alumbren a otros.
He tenido la oportunidad de conocer a muchos profesores con auténtica vocación, pero siempre he admirado el trabajo absolutamente desinteresado, humilde, sencillo y deslumbrante de las profesoras y profesores cordobeses que han ido impulsando y manteniendo una hermosa iniciativa, Narrativa desde el Aula, en la que los alumnos han sido invitados a tentar, y descubrir, al escritor que todos podemos llevar dentro. Después de todo un año tutelando su escritura, publican sus poemas y relatos en un hermoso libro, que después es editado por la Diputación Provincial.
Con sólo consultar los libros de los cursos precedentes se puede apreciar el valor de los relatos de los estudiantes estos años, con hallazgos poéticos y tensión narrativa, originalidad y verdad en los dramas diarios de emociones pequeñas, que han encontrado complicidad y eco, estímulo y apoyo, en una institución del arraigo cultural de la Diputación Provincial de Córdoba. Por eso es un placer leer y acompañar a este grupo de escritores en ciernes y agradecer, hoy como ayer, que existan profesoras que nos hagan vivir nuestros sueños posibles.
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