La dignidad se mide en las calles de Madrid, se fija en su conciencia aquilatada en la piel de la acera. La noticia no es, no puede ser la violencia, sino las miles de biografías privadas que se han entrecruzado una tarde de sábado, para acotar la fecha de la dignidad pública el 22 de marzo. Sin embargo, hay demasiados expertos encargados en desviar la atención con golpes nebulosos, con discursos envueltos en gases lacrimógenos, como si la verdadera noticia no fuera esa marcha del 22-M, sino la algarada posterior. España ha sido siempre un país de revuelta en carne viva, de pavimentos bravos en las peleas acrílicas. España ha sido Goya sobre todo, con el demonio vivo de nuestra destrucción azuzando de frente al señor de la guerra, como fue el primer brillo de nuestra independencia de aquel mayo sangriento en la Plaza Mayor, la Gloriosa, la Transición o las manifestaciones contra la invasión de Iraq. Más o menos pacíficas, al final siempre hay alguien que levanta una piedra y la arroja a la frente de los antidisturbios o la guardia de asalto, como siempre habrá claustros en la universidad para que unos chicos ágiles y esbeltos lancen las octavillas sobre la policía a caballo.
Madrid ha vuelto a ser el frente cívico para la población, ahora que, como siempre, se trata de apagar, por deslegitimación presunta, cualquier iniciativa de la gente. Quienes deberían escuchar se acogen, puntualmente, a ese bosque violento con que pueden eludir la cuestión, y así evitan enfrentarse a las reivindicaciones públicas.
Pero lo cierto es, viendo la marea humana y caudalosa entre las avenidas, que hemos recuperado a la ciudadanía, que se ha logrado unir en una sola voz, una sola palabra con su timbre y su eco. Somos la dignidad. Somos cada una de esas letras.
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