Hasta que se inventó lo del consenso en España lo que menos duraba era la alegría en casa del pobre. Haberlo lo hubo. Hoy, como es tradición, al calor del óbito de un hombre trascendental en la Historia con mayúsculas, se renueva con la boca pequeña y la voluntad aún menor de que sea una realidad. Nada más improbable que achacar a la casualidad que a las horas de loar el espíritu de la Transición, de concordia, de reconciliación, de bla bla bla y de dar rienda suelta a todo tipo de panegírico a la mayor gloria de la bendita y costosa democracia, los mismos se remanguen para cercenar derechos fundamentales de los ciudadanos. Sin rubor alguno se puede pues hacer la ola al paso de esa sacrosanta Constitución al tiempo que uno la hace menos caso que a una madre cuando te dice que llegues a las diez.
Usted tiene derecho a manifestarse siempre que sea donde yo diga. Una máxima imperante que me evoca una viñeta de la mítica publicación La Codorniz (tanto retrocedemos como para eso) que rezaba ‘Libertad dentro de una orden’. Hay que admitir la transgresión que supone que en vez de hacer lo posible porque la gente no proteste con sobradas razones lo que se nos ocurre es que, por lo menos, se les vea lo menos que se pueda. Un suponer. Si a usted le han despedido de Telemadrid en su derecho está de quejarse. Eso si, a ser posible, frente a la sede de la BBC, como todo el mundo sabe culpable última de que una televisión pública sea desde hace años un cortijo. Y así todo.
La velada propuesta del ‘manifestódromo’ resulta ridícula hasta para las distintas Administraciones del PP. Y ya es decir en un partido que elevó el despido en diferido a patochada del siglo. Sin coste adicional les propongo que, además, tan amantes de lo privado como son, menos para salvar bancos o autopistas, (ya de las personas hablamos otro día), se organice un tour en el que los turistas puedan tirar cacahuetes a los levantiscos ciudadanos. Las manifestaciones se tienen que ver tanto como se ven en el BOE los recortes y los atropellos a las gentes. Si hay elementos indeseados entre quienes se manifiestan que la Policía les tenga localizados como los tienen entre los seguidores radicales de los equipos de fútbol. Ese es su deber como el derecho ciudadano es salir a la calle para quejarse de lo que considera que así lo merece.
El truco de la alcaldesa de Madrid de engordar la factura de los desperfectos con el dinero que cuesta el despliegue de seguridad tiene un pequeño inconveniente cual es que no lo podemos comparar, por ejemplo, con cuánto nos cuesta lo mismo en la visita del Papa o cuando se mueve la Familia Real. O las misas de la Plaza Mayor. Por cierto, si tan vital es la movilidad de los coches para exiliar las concentraciones masivas de personas ¿va a proponer Botella que las procesiones de este año en vez de en centro se celebren en Navacerrada? Mucho menos lío, alcaldesa. Piénselo.
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