Esperanza Aguirre habla tan bien inglés como para dar conferencias en el propio Parlamento británico, es una fiel y ferviente admiradora de ese país, desconozco si le gusta el té, pero lo que ha quedado claro es que, para otras cosas, es inequívocamente española. Hace un par de años un ministro británico, el de Energía en concreto, dimitió de su cargo por haber falsificado una multa diez años antes. Bien es cierto que se trató de eso y no de aparcar en el carril bus de una de las arterias más concurridas de Madrid, hacer caso omiso de las órdenes de los agentes, tirarles una moto en la huida y decirles que si había algo estaría en casa. Únicamente le faltó un ‘Fermín, si vienen unos agentes de la movilidad sáqueles unas pastitas’.
Con estos antecedentes, lejos de plantearse dejar de ejercer como ‘lideresa’ del PP madrileño, lo que sería de lo más british, por lo visto aspira a ser la alcaldesa de la misma ciudad en la que campa por sus respetos. Primero, en ese delirante comunicado en el que matizaba que no había huido sino que decidió irse, que ya es matizar, pedía disculpas con la boca pequeña, pero fue irse de romería mediática y se vino arriba. Que si la moto estaba ‘malísimamente aparcada’, no como su coche perfectamente tirado en el carril bus, que si el agente es un incapaz, que si todo es machismo…
Y todo para ocultar que este suceso obedece a un ‘yo soy Esperanza Aguirre y usted no’ de manual. Es decir, una muesca más en la personalidad de alguien que se cree tan por encima del bien y del mal como para irse a su céntrico palacete después de la tropelía, mandar a los guardias civiles, pagados por todos no por su bolsillo pese a su pasión privatizadora, a negociar una parte amistoso (que también ya les vale a las fuerzas del orden) y ponerse al teléfono a hablar en las radios mientras cualquiera de nosotros, por lo mismo, tendríamos que conformarnos con escuchar el transistor desde un calabozo.
Tiempo ha faltado para que su cohorte de pelotas, hay que reconocer que muy numerosa, relativice la importancia de un hecho que, de haber sido perpetrado por algún cargo público socialcomunista, hubiera merecido editoriales en defensa del regreso del garrote vil. Lo haga quien lo haga merece reprobación absoluta y exige disculpas sinceras por la falta de civismo que delata. Quien se ha llenado la boca en inauguraciones de distinto pelaje con la defensa del transporte público no puede dejar un coche privado en el carril bus de la Gran Vía ni un minutito (que ya sería más) ni un segundito. Si a ello sumas el resto del episodio la gravedad es proporcional a la vergüenza que le debería dar a la infractora haber sido protagonista de este lamentable suceso. Sin embargo, lo dicho: ella es Esperanza Aguirre y nosotros no.
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