Más allá de la franja de Gaza le hallé. Su pelo era negro, tan negro como las zanjas donde arrojaban a cientos de cuerpos sin vida. Su mirada era como ésa mirada que ya ha visto todo lo malo de la vida. Una mirada de resignación impresionante.
Huía de todo. Era pequeño, no debía de tener más de 8 años. Sujetaba con fuerza un arma. La tenía pegada a su pecho, abrazándose a ella, como si se tratara de un osito de peluche.
Mi vértigo al encontrarle fue inmenso. Sentí que quería abrazarle, quería arrebatarle ese arma y arrojarla a esas zanjas repletas de muerte. Quería abrazarle y decirle que todo saldría bien, que nada podría hacerle daño. Le daría un baño con agua caliente y jabón. Y más tarde le sentaría en mi sofá y le prepararía una rica comida y sería feliz viéndole a salvo.
El niño me miraba, y cuánto más tiempo pasaba más fuerte abrazaba su arma. Podría haberme pegado un tiro allí mismo, no sé porqué no lo hizo. Sobre todo podría haberlo hecho cuando de mi mochila saqué un trozo de pan y se lo ofrecí. Debería haber pensando que en vez de pan quería sacar un arma para matarle. Sin embargo confió en mí, porque se quedó muy quieto y callado mirándome.
Le acerqué el pan a sus manos. Lo miraba y luego me miraba a mí. Tenía los labios tan secos que sangraban. Creo que en ese momento aunque yo hubiese sido el propio diablo, aquel chico habría seguido inmóvil mirándome sin pestañear.
Tenía miedo, había escapado porque no quería luchar más. Porque no quería aprender a matar. Quería simplemente vivir. Él era diferente a todos los demás. Prefería morir escapando que vivir matando. Sentía su miedo en mi piel a través de esa mirada que me regalaba.
Ahí fuera se escuchaba un bombardeo lejano. Yo me hice una bola y me coloqué a su lado. Mi cuerpo casi rozaba el suyo. Me llegaba el olor de su cabello oscuro. Y me llegaba también el tiritar de su cuerpo menudo. Cogió el pan y lo empezó a comer. Al rato, creo que cuando se dio cuenta de que yo le había quitado el hambre, dejó el arma en el suelo, buscó mi mirada y asintió con la cabeza. Era su manera de darme las gracias.
Traté como pude de explicarle que yo quería ayudarle. Que también esta tan solo como él. Y que ése arma que llevaba era su protección, que no debía de soltarla. Entonces el niño volvió amarrar el arma. Saqué un dulce de mi mochila y se lo dí. Se lo comía despacio, mientras caían bombas ahí fuera. Podría ser su último bocado. Y tal vez mi última noche de viaje.
Y estuvimos allí por toda la eternidad. Porque antes de la bomba que nos arrebataría la vida a los dos, el niño me abrazó tan tiernamente que pensé que morir allí hasta sería buena idea. Instantes antes de caer la bomba pasé mi mano por sus cabellos. Sentí su corazón muy cerca del mío, sus latidos acelerados. Y le abracé fuertemente. No murió solo, ni tampoco lo hice yo. Lo que quedaría de nosotros iría a parar a alguna zanja de esas negras repletas de muerte.
Dedicado a tantos y tantos niños palestinos que tienen que aprender a matar cuando lo único que desean es aprender a vivir.
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