No creo en la novela histórica. Entiendo que elevar una definición de la novela por algo tan consustancial a un relato como es su mera temática -por un lado imprescindible pero cuya presencia al mismo tiempo se sobreentiende-, equivale, automáticamente, a una reducción de la novela, a un encorsetamiento de su capacidad expresiva. ¿Cuándo nace la novela “histórica”? ¿Lo fue el Cantar del Mío Cid? ¿Pudo serlo también La celestina, o El lazarillo de Tormes? Vivimos una tendencia obsesiva y quizá más reciente por etiquetarlo todo, por darle un nombre a todo, lo que se traduce seguramente en un ordenamiento de la realidad creativa, pero también en un empequeñecimiento dentro de esos límites tan rígidos. Además, nada más opuesto a la novela, o podríamos ampliar refiriéndonos a cualquier narración, como ese orden previo, un etiquetamiento controlando la obra antes de la escritura y la lectura posterior.
Así, en la novela conocida como “histórica” el orden se convierte en la premisa, como muros de contención de la pura ambición de la escritura y la amplitud de miras del lector. Para mí el asunto es tan sencillo como que la historicidad de un relato, que lo va a dotar de verosimilitud, debe situarse siempre al servicio del mismo, pero nunca al revés, como sí ocurre en la pretendida novela “histórica”, en la que un molde previo de narratividad plana y de enigmas por descubrir será la apuesta. Así, el contexto socio-político y económico de una historia estará al servicio de ella: es una ambientación, su decorado. No quiere esto decir que el decorado, por sí mismo, no pueda narrar, no pueda ser sujeto, y no pueda ganar la atmósfera su espacio dentro de la historia que se narra. Pero no nos engañemos: escribir una novela no es una democracia, sino una dictadura con la jerarquía visible o invisible, según sea la propuesta, pero con mando interno en el que todos los elementos textuales se sitúan al servicio de una narración.
En los últimos años, se ha reivindicado como género la novela “histórica”. Ha sido un estallido comercial, igual que sucedió antes con muchos otros libros, que fueron flor de un día o flor de años. Para justificar esta presunta corriente literaria casi siempre se alude a la estupenda novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco. ¿Encierra El nombre de la rosa elementos históricos? Con toda certeza sí, del mismo modo que Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway, los tiene también bélicos, o Ulises, de James Joyce, los luce eróticos, o El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, de crónica social, pero a nadie se le ocurriría decir que Por quién doblan las campanas es una novela bélica, Ulises otra pornográfica y El gran Gatsby una novela rosa.
Decía Jaime Gil de Biedma que en su obra sólo había dos temas: el paso del tiempo y él mismo. Como él mismo y todos somos paso del tiempo, podemos colegir que sólo hay un tema en la escritura: este paso del tiempo, y su roce en nosotros. Así, cualquier novela realista o, en realidad, cualquier novela, termina siendo histórica con un curso de años. Sin embargo, lo que distinguirá a la verdadera novela, tenga ambientación histórica o no, de la novela artificiosa con la etiqueta “histórica”, será que el asunto que trate no será lo histórico en sí mismo, sino otra cosa, otra verdad humana de deslumbramiento o de sombra, con un contexto que, años después, será de época.
Cabe también la posibilidad de encuadrar un conflicto en una cronología concreta: lo han hecho, en España, Miguel Delibes con El hereje, y Antonio Gala con El manuscrito carmesí. Aunque la vocación historicista en Gala sí ha estado más presente, también en su teatro, ésta es una novela muy de personajes sobre todo, de dolor y de pérdida, de una derrota alzada y de un exilio final. Es una historia “histórica”, podríamos decir, pero se extiende fuera de esos límites, hacia una libertad de la expresión. Algo parecido sucede con El hereje. Nadie afirmaría de Delibes que es un autor de novela histórica, por más que la Castilla que él acota ya sólo forme parte de su propia literatura. Sin embargo, El hereje es una novela de ambientación histórica, pero no “histórica”: el conflicto es otro, actual hoy, como la libertad de culto y de expresión. Tenemos, entonces, que el historicismo de un relato es un ingrediente más, es casi un cartón piedra, importante, sí, pero no lo bastante como para categorizar una novelística.
Por otro lado, cualquier novela española publicada a finales de los años 50 o a principios de los 60, leída ahora, es profundamente histórica. Pero ésta será sólo una de sus claves, y sin duda la más circunstancial: porque, en el momento de escribirlas, ninguno de sus autores pensaría que dentro de unos años los bares o las calles, los edificios o los modelos de coches, o los vestuarios, o las maneras de expresarse o los destinos vacacionales, o incluso las maneras de la intimidad, habrían quedado obsoletos.
Pongamos dos ejemplos: Nuevas amistades, de Juan García Hortelano, publicada en 1959 y Premio Biblioteca Breve, y Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos, que vio la luz en 1961. Ambas se publicaron en Seix Barral, entonces la vanguardia de la novelística no sólo española, sino también latinoamericana y europea en España. El asunto o conflicto esencial de las dos novelas es un aborto: simulado finalmente en Nuevas amistades, y convertido en doble homicidio, terriblemente, en Tiempo de silencio. Las formas de expresar la sexualidad, la maternidad y la pareja, con su razón social en el Madrid de entonces, nos parece ahora no más alejado que el medioevo. Sin embargo, nadie pretendería venderlas como novelas históricas, porque no lo son: son novelas. Pero avancemos más: ¿son novela social? Bien. A priori, podría decirse que sí: situaciones devastadas por la pobreza espiritual y material de aquellos que, en las afueras, vivían peor que animales, en Tiempo de silencio, o gentes hundidas en la vaciedad moral de las clases pudientes en Nuevas amistades, con su turbia bonanza.
Pero ¿qué novela no es social? ¿No es social Ulises, no es social El gran Gatsby, no es social Por quién doblan las campanas? Claro que sí. Porque la novela se ocupa de encontrar la verdad del ser humano. Esta es su grandeza y su ambición, pero es también su peso ineludible. Tratar de aligerar ese peso dividiendo las novelas por temáticas es algo que estará bien para los anaqueles de las librerías mientras aún existan; pero la gran novela es inclasificable como el hombre, y tendrá sexo y guerra como el hombre, éxito y fracaso como el hombre, vida y muerte, en la esperanza y la desolación. ¿O no contiene todos estos elementos el Quijote, por cierto una vértebra vital en la propuesta narrativa de Luis Martín-Santos? ¿Es que no tiene elementos históricos el Quijote?
Así, la gran novela es todo, y el Quijote es crónica social, realidad bélica pero también amorosa y erótica, con Dulcinea del Toboso, esa Aldonza Lorenzo que imaginamos, como indica su fonética, lozana, es novela de caballerías y es su crítica, es en esto también metaliteratura, es novela de viajes, de iniciación y también de aventuras. Sin embargo, afirmar que el Quijote es una novela histórica –podría decirse, usando el mismo criterio que se esgrime para referirse así a todas estas novelas de lectura asequible, misterio y muchas fechas- sería reducir el mundo a una palabra.
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