Posiblemente nuestro Congreso de los Diputados se haya convertido en un retrato certero de la política actual (¿y reflejo de la sociedad española, tal vez?). Pésimo nivel en todos los aspectos: intelectual, cultural, educacional, didáctico… De vez en cuando algún chispazo de brillantez súbita proveniente de algún iluminado en su día de gloria y poco más. El manido y tú más capitaneando debates teledirigidos por el compadreo partidista; y como tónica habitual, los rifirrafes de pega, calentamientos verbales, sartas de mentiras, lenguaje impropio, maneras soeces, formas burdas o acusaciones generalizadas.
Por no comentar el hábito -cada vez más frecuente- de confundir sesiones de control al Gobierno con sucedáneos de verbenas mitineras o con pesadísimos actos electorales. En ocasiones, desde la tribuna, incluso crees presenciar berrinches de pandilleros juveniles o broncas propias de tascas castizas. Pero no se vayan todavía que aún hay más; parece haber surgido una modalidad reciente: acusaciones veladas desde la tribuna sobre posibles conductas delictivas del adversario (en vez de acudir a un juzgado a denunciar).
¿Qué fue del fragor parlamentario, del intercambio de grandes ideas, del diálogo entre estadistas, del contraste de pareceres diversos en pos del enriquecimiento general? Ni está ni se le espera… Argumentos sólidos poquitos, pero ruido y gresca para tapar ignorancias, ineficacias y gestiones desastrosa, lo padecemos sesión tras sesión.
El objetivo prioritario actual pasa por desprestigiar al adversario. La soberanía popular ha sido eclipsada por el protagonismo creciente de calumnias, infamias, insultos, choteos, groserías, exabruptos, del efectivo difama que algo queda… que normalmente nada tienen que ver con el asunto debatido. Estos ejemplares son los antaño denominados padres de la patria, ahora pegados a un escaño como lapas por obra y gracia de las listas cerradas y de la injusta Ley D´Hondt. Y a los que algunos ilusos -o lisonjeros “por el cargo que le trae…”- siguen rindiendo pleitesía como si de prohombres se tratase.
Señorías, menos bulla de gallinero entre contrincantes de bancada y más debate serio sobre las cuestiones que interesan (y preocupan) a los ciudadanos. Aunque seamos realistas: la sesera y el bagaje de algunos de los que ocupan escaño tampoco da para más. Lo de suponer un código ético (e incluso verbal) intrínseco a los representantes de los ciudadanos, lo relegamos al mundo de las utopías.
La tribuna de oradores de la soberanía popular debería ser un espejo en el que mirarse. Si no un permanente manantial de sabiduría, sí al menos una fuente de sensatez, sentido común, unidad y diálogo. Un lugar de encuentro de los representantes de los ciudadanos en el que aportar propuestas, debatir los asuntos capitales para los españoles y aprobar soluciones. Y las sesiones de control deberían ser precisamente eso: un mecanismo de control al Gobierno. ¿En qué se han convertido? En más ocasiones de las recomendables, en meros ataques personales a los miembros que lo integran. Una prueba más de la carencia democrática que padecemos, incluso entre los que actores más visibles del sistema.
¿La mediocridad parlamentaria ha tocado fondo? Parece que no, que cuando suponemos que es imposible caer más bajo, ¡zasca! van y se superan. La mayoría carece de peso político y hasta de una trayectoria vital acorde a la categoría de su cargo. Les invito a practicar un sencillo -y perverso- ejercicio: cierren los ojos, visualicen el Parlamento español y pronuncien el nombre de un congresista de esta legislatura al que admiren… Tic-tac, tic-tac, tic-tac… Pues eso.
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