La decisión más grande que seguramente tendrás que tomar en tu vida será elegir si quieres que alguien siga viviendo sufriendo o por el contrarío detener el dolor poniendo fin a su vida.
Ambas decisiones son egoístas. Por un lado si prefieres que siga viviendo aunque sufriendo, con una enfermedad incurable en su cuerpo, estarás siendo egoísta por querer retenerlo a tu lado, por alargar la despedida. Y si decides poner fin a su vida, detener su sufrimiento y a la vez su vida, sientes como que estás tirando la toalla. Estás abandonando tu creencia sobre esos pequeños milagros que la vida puede ejercer sobre nosotros. Pero… a veces hay que bajar de sea irrealidad en la que nos vemos envueltos muchas veces, y pisar con los dos pies sobre el firme suelo: hay enfermedades incurables y que te proporcionan una muerte segura.
Estoy hablando de un gato, sí. Pero a veces, un gato puede llenar un espacio más grande que el de una persona. Y cuando se va deja un vacío que resulta difícil de llenar con nada. Se te queda la casa vacía, su rincón favorito parece no querer llenarse ya nunca jamás. Te das cuenta de lo poco que le dabas tú en comparación con lo que él te daba.
Llevarle hasta su muerte ha sido tal vez una de las cosas más dolorosas y extrañas por las que he pasado. Le miraba y sentía que le traía a descansar por fin del dolor y la poca mala vida que le quedase, pero… cuando me miraba con sus dos ojos verdes notaba que se seguía aferrando a la vida con sus uñas y ese coraje que todo animal posee: el coraje por sobrevivir.
Me despedí de él como pude. Le pedí perdón. Perdón por su dolor, y perdón por tener que traerle a recibir el final de su corta vida. Sin embargo hubo un momento que no sé si estaba agradecido o qué. Su cuerpo era un saco de huesos. Su mirada se notaba cansada y le veía tan frágil que hubiese dado cualquier cosa en ese momento para salvar su vida.
Se iba de nuestro lado el mejor gato. Uno como no habrá jamás otro. Era tan bueno y especial que pienso que mientras vivió no nos dimos realmente cuenta de lo que él aportaba a nuestras vidas. Ahora sí lo sé. Ahora que se ha ido. Él era el amor hecho pelitos y uñas, el perdón hecho gato, el altruismo hecho animal. Él estaba dando las gracias por los cuidados que le habían dado hasta ahora. Y supe en ese último momento, cuando ya se lo llevaban de mi lado, cuando me echó esa última mirada agradecida, supe que estábamos tomando la decisión acertada.
Más tarde cerraría los ojos para siempre. Y su partida me ha hecho replantearme muchas cosas acerca de la vida y la muerte. Una de esas cosas es que no somos nada. Hoy estamos aquí y mañana no, y la vida seguirá su curso. Los días seguirán pasando sin nosotros. Y ¿dónde estaremos? ¿dónde queda lo que fuimos?. Nos convertimos en recuerdo desde que morimos. Pasamos de vivir a formar parte de algo que fue. Algo que con el tiempo cambiará. Nos olvidarán un poco cada día, porque ningún dolor es eterno.
Y al pensar todo esto me puse triste. Regresaba a casa con la mochila vacía sin el gato. Pero yo sentía su peso sobre mis espaldas aún. Regresé a casa sin ganas de nada. Pensando que la si la vida era esto había que vivir de una vez por todas, como si se tratara del último día. Quería llorar y gritar, pero me quedé muda. La muerte no se puede explicar con palabras. Solo se puede sentir y a veces incluso la puedes llegar a ver.
Espero que él me perdone donde quiera que esté. Que me perdone por acompañarle al final de sus días. Que no importa cuánto tiempo vivas, que lo que realmente importa es que mientras existas lo llenes todo de tu esencia para que las personas te puedan recordar durante todo el tiempo posible. Así es como podrás ser eterno. No sé otra manera mejor para aferrarte a la vida que esa.
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