Tiene toda la pinta de que Europa empieza a preocuparse por las cosas que hasta ahora no se había preocupado «oficialmente». Llevamos ya muchos meses diciendo que la actitud alemana respecto a todo es mala y que su apuesta es más que arriesgada.
Y no hemos sido los únicos. En la red pueden leerse opiniones que alertan del «peligro alemán» y del «peligro francés» desde hace algún tiempo, pero a los analistas independientes nadie les hace el menor caso aunque lleven más razón que un santo. Ha tenido que venir Credit Suisse a contar lo que pare muchos es evidente desde hace tiempo para que, de repente, todos se lleven las manos a la cabeza.
¿Qué ha contado Credit Suisse? Que la apuesta de Alemania por hacer de China el mercado natural de sus empresas, que tan bien le ha salido hasta ahora, se está convirtiendo en un riesgo y de los grandes, dadas las dificultades por las que parece atravesar China, que ya habla de crecimiento sostenible y cosas por el estilo.
Lo que ocurre es que Alemania no tiene «recambio» para sus exportaciones a China. Se ha encargado de dinamitar cualquier atisbo de recuperación en la Eurozona con su «nein» a todo y ahora que necesitaría una cierta fortaleza de la demanda en el mercado europeo se encuentra con que está más tieso que la mojama. ¿Dónde van a colocar ahora los alemanes sus productos?
Hay dos formas de verlo. De una parte, la pesimista, que dice aquello de que se los van a comer con patatas y tendrán que ajustarse el cinturón de la misma forma que nos han exigido a todos durante años. De otra, la posibilista, que mantiene que este será el factor que termine por hacer claudicar a los alemanes y que los estímulos a la economía terminen por implantarse en la Eurozona. Y, por último, los optimistas, que suponen que Alemania es inmune a todo. De este grupo se ha caído Credit Suisse y estoy por asegurar que no va a ser el único. De hecho, la Comisión Europea está a punto de ser el siguiente.
El panorama, por tanto, no es demasiado esperanzador. Incluso para quienes creen en los estímulos ha sido difícil digerir el golpe y, claro, los mercados lo han notado porque, además, el PMI de servicios alemán corrobora que de alegría en este país, nada de nada. Si le añadimos que el francés pone de nuevo de manifiesto que el país vecino es una bomba de relojería a la que nadie parece hacer demasiado caso y que puede terminar por explotarnos a todos en la cara, los índices no han tenido muchas ganas de luchar.
Todos no. El Ibex español lo ha intentado, ha remado en solitario todo lo que ha sido necesario y ha llegado al final de la jornada en positivo casi milagrosamente. Las cosas parecen mejorar en nuestro país y la rentabilidad de la deuda en el secundario hace ya tiempo que se encuentra en mínimos, lo que habla por sí mismo del crédito que los inversores conceden a la mejoría. El siguiente paso debe ser el Ibex, pero es difícil remar solo, si no imposible.
Al menos, esta vez puede decirse que el selectivo español sí le está poniendo ganas, que otras veces hemos criticado que no lo hiciera.
Al cierre, el Dax se dejó un 0,65%, el FTSE un 0,35%, el CAC un 0,78% y el Ibex avanzó un tímido 0,04%. Es lo que hay. Sólo el Ibex lo intenta.
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