El beneficio, buen sirviente pero pésimo maestro

09/05/2014

Miguel Ángel Valero. El Pontificio Consejo Justicia y Paz reflexiona sobre el líder empresarial.

Con independencia de las creencias religiosas que cada uno pueda tener, “La vocación del líder empresarial. Una reflexión”, elaborado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz a partir de seminarios sobre “Caritas in Veritate”, la encíclica de Benedicto XVI, ofrece propuestas muy interesantes. No es un libro grande, tiene 28 apretadas páginas, pero es una gran obra, sobre todo por su objetivo: una ayuda formativa para la vocación de los empresarios.

Ya desde el prefacio del cardenal Peter Turkson, presidente del Consejo, marca las reglas del juego, los principios: “satisfacer las necesidades del mundo con  bienes que sean realmente buenos y que realmente sirvan”, “organización del trabajo de la empresa de un modo respetuoso con la dignidad humana”; subsidiariedad, “que fomenta el espíritu de iniciativa y aumenta la competencia de los empleados, considerados co-emprendedores), y “la creación sostenible de riqueza y su distribución justa entre los diversos grupos implicados en la empresa”.

El documento alerta sobre que “lo urgente puede marginar lo importante” y, especialmente, sobre “la vida dividida”: “La separación entre la fe y la práctica empresarial en el día a día puede acarrear desequilibrios y una búsqueda desordenada del éxito mundano”. Y propone “un liderazgo de servicio, basado en la fe”, que está muy lejos “del ejercicio autoritario del poder” y que ayuda a los líderes empresariales “a armonizar las demandas del mundo económico y los principios ético-sociales”.

La vida de la población mejora significativamente en los sitios donde hay empresas exitosas”, señala el Pontificio Consejo Justicia y Paz, que critica “la ausencia de estado de derecho o de regulaciones, la corrupción, la competencia depredadora, el capitalismo de amigotes (en el que el éxito empresarial depende de dudosas relaciones entre empresarios y gobiernos), la excesiva intervención estatal, o una cultura hostil hacia la iniciativa emprendedora”. Pero también “tratar a los empleados como meros recursos, tratar la empresa como si fuera una simple mercancía, rechazar una correcta regulación del mercado por parte del gobierno, ganar dinero a partir de productos que no son realmente buenos o servicios que realmente no sirven, o explotar los recursos naturales o humanos de forma destructiva”.

El becerro de oro surge “cuando el empresario considera como único criterio de acción el máximo beneficio en la producción”, por lo que “los líderes empresariales deben estar muy atentos a evitar la tentación de la idolatría”.

 

Globalización

El documento subraya palabras de Benedicto XVI: “la sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos”. El capital “ya no tiene en cuenta la gente de los países donde obtiene sus beneficios”. “Uno de los mayores riesgos es sin duda que la empresa responda casi exclusivamente a las expectativas de los inversores en detrimento de su dimensión social”, porque “cada vez son menos las empresas que dependen de un único empresario estable que se sienta responsable a largo plazo, y no sólo por poco tiempo, de la vida y los resultados de su empresa”.

La Doctrina Social de la Iglesia proclama que “la empresa debe caracterizarse por la capacidad de servir al bien común de la sociedad mediante la producción de bienes y servicios útiles”. La Iglesia reconoce “el papel legítimo de la ganancia como indicador del correcto funcionamiento de la empresa”. Pero recuerda que no es el único ni el más importante criterio para juzgar a una empresa.

“El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza”, indica el documento. “Los beneficios son como el alimento. Un organismo debe alimentarse, pero no es éste el fin primordial de su existencia. Los beneficios son un buen sirviente, pero un pésimo maestro”, concluye el Pontificio Consejo Justicia y Paz.

En la presentación de la obra en España, el cardenal Turkson citaba al Papa Francisco: “la vocación de un empresario es una noble tarea, siempre que se deje interpelar por un sentido más amplio de la vida”, e interpreta su tarea como una llamada a continuar el trabajo divino de la creación mediante la “lógica del don”, conciliando el mercado con el bien común.

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