Se sentaba cada tarde en un banco, de una calle muy concurrida de gente, de una gran ciudad. Se dedicaba a contar historias. Historias gratuitas y para todas las edades. Tan solo tenías que sentarte a su lado y muy respetuosamente él te preguntaría: ¿te puedo contar una historia?.
Lo cierto es que la gente normalmente se asustaba. Muchos se ponían de pie y rápidamente se alejaban de su lado. El hombre quedaba solo, pero nunca se entristecía. Sabía que su indumentaria, sus barbas y su voz ronca podían alejar hasta a la persona más valiente del mundo. Por eso el hombre se quedaba quieto, esperando a una nueva persona que sí quisiera escuchar sus historias.
Hasta que llegué yo. Así fue cómo conocí al contador de historias más magnifico del mundo. Ése día yo andaba algo cansada, así que me detuve en un banco y me senté junto a él. Me miró durante unos instantes y me hizo la pregunta: ¿te puedo contar una historia?. Y yo respondí que sí. El hombre enseguida cambió de pose, hacía una más amigable y cercana. Yo no dejaba de mirarle, supe en ese instante que era especial, y que no estaba loco, sino totalmente cuerdo, porque solamente una persona cuerda puede acercarse a alguien de la manera en que él lo hizo conmigo.
Me contó una historia preciosa. De una muchacha que cada martes por la tarde esperaba sentada en este mismo banco que el amor de su vida pasase por delante de ella, y que sabría que era el amor de su vida porque se mirarían a los ojos y entonces ya no podrían dejar de mirarse nunca más. La historia me resultó apasionante, me la contó despacio, saboreando cada palabra, añadiendo gestos a la historia. Me contó la historia tan extraordinariamente bien que me sentí por unos instantes que yo era esa muchacha que esperaba a su amor. Y me encontraba buscando con la mirada, mientras el contador de historias hablaba, a la gente que paseaba por la acera frente a mí. Me encontré cruzando miradas con gente desconocida, misteriosamente algo que hacía tiempo no me había apetecido hacer.
El hombre terminó con la historia. Le dí las gracias y sentí que no quería dejarle allí solo. Le propuse invitarle a tomar algo. Un café, una copa, cualquier excusa era buena por conocer un poco más de la vida de aquel hombre.
Entramos en un bar y él pidió un café cortado. Yo un agua con gas. Y me quedé mirándole. Entonces él me preguntó que porqué había tenido ese detalle con él. Y entonces, aún temiendo su sorpresa le respondí: porque ahora soy yo quien te quiere contar una historia.
Se quedó sorprendido. Y le conté todo lo que jamás he podido contarle a nadie. Un montón de secretos y anécdotas, le conté parte de mi vida. Parte de mis secretos. Todas esas pequeñas cosas que jamás cuentas a nadie porque hacen daño, o simplemente sabes que no debes de hacerlo. Me confesé, él fue como ese cura que me confiesa pero mirándome a la cara. Y me sentí bien por haber sacado todo lo que llevaba dentro.
Un mes mas tarde le volví a ver. Estaba sentado en el mismo banco y a su lado había una chica, me acerqué por su espalda. Y pude escuchar cómo le estaba contando una historia, pero no una historia corriente, sino mi historia. Una de las historias que yo le había contado un mes antes en ese mismo banco. Entonces me alejé sin que él pudiese verme. Y me quedé mirando desde lejos cómo terminaba de contar la historia a la chica y cómo ésa chica le llevaba hasta el mismo café que yo le llevé. Y allí , seguramente la chica le contase sus historias y él días más tarde las estaría contando a otras personas, en un bucle sin fin, dentro de esta eternidad que es la vida.
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