Es curioso cómo lo que puede ser entendido como una «buena noticia» pasa a no ser tan buena. En principio de lo que todo el mundo hablaba era del apoyo del Bundesbank a unos posibles estímulos desde el BCE, que por fin Draghi había logrado torcer el brazo de los inflexibles alemanes.
Pero a medida que pasaban los minutos el apoyo pasó a tener matices y pasadas unas horas el apoyo parece cualquier cosa menos un apoyo, sino una limitación clara a lo que el BCE puede hacer. Una vez más el Bundesbank se propone jugar a ser el paladín de la ortodoxia. Bueno, en realidad el paladín de «su» ortodoxia.
Lo que parece finalmente es que el Bundesbank no se mostrará especialmente crítico con algún tipo de estímulos, siempre que se sustenten por previsiones compartidas en el seno del BCE y que el seguimiento permita adaptarlas a la realidad cambiante cada vez que sea necesario. En fin, cualquier cosa menos un compromiso del tipo «barra libre» por x millones como hizo la Fed.
Y a buena parte de los analistas les ha gustado más bien poco que el pretendido apoyo del Bundesbank busque lo de siempre, ser el gendarme de la política monetaria europea sin tener atribuciones oficiales para ello. Y nadie les rechistará. Ya lo verán.
Y cuando el mercado venía ya de vuelta decepcionado por la lectura real de lo que el apoyo alemán a una cierta QE en la Eurozona significa, las ventas minoristas estadounidenses arrojaron un resultado decepcionante que desinfló la apertura alcista en Wall Street y terminó de poner a los índices europeos en su sitió. Mucho más abajo de lo que podía esperarse a media mañana.
Al cierre, el Dax subió un 0,54%m el FTSE un 0,31%, el CAC un 0,25% y el Ibex un 0,19%. Apuntaba mucho más alto, pero quedó ahí.
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