‘La quinta esquina del cuadrilátero’, de Paola Valverde

14/05/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

Cruzar los guantes poéticos con la escritura de Paola Valverde es una de las experiencias más estimulantes de la última poesía en español. Habría que preguntarse, al sonar la campana, que si del mismo modo que la plenitud lectora de De qué hablo cuando hablo de correr, de Murakami, se asimila con más intensidad si el lector está familiarizado con el ejercicio físico, con toda su dureza y su desgaste, en concreto con la carrera continua, también para disfrutar La quinta esquina del cuadrilátero uno debe anudarse los guantes, fajarse en la postura defensiva y subir a la lona.

Seguramente no sea imprescindible, porque la buena literatura está por encima de la realidad previa del lector: del algún modo, su efecto transformador –y definitivo a veces, como configuración de una urdimbre cultural colectiva- si por algo se caracteriza es por crear una realidad nueva, con sus mimbres y formas, con su verdad interior y su red de sentido. Así, en este originalísimo libro de poemas de Paola Valverde, en el que la tensión poética se vuelve muscular, plena y directa, produciéndose un combate por asaltos de amor y vida dura, encarada y difícil, el lector se encontrará con un espectacular combate de boxeo, medido y digerido por sus tiempos comunes, pero también con su propio idioma y su sustancia, desde ese arrojar la toalla hasta el último asalto, pasando por el mundo turbio de las apuestas, los intereses, sus credos; pero también con una biografía sentimental, esa iconografía de unas piernas curtidas en el desastre y en la desesperanza cuerpo a cuerpo, pero también en el empeño de uno mismo en regenerarse y levantarse, siempre, de cualquier caída.

Prueba de estos múltiples discursos es el libro que el lector tiene entre sus manos, La quinta esquina del cuadrilátero, de Paola Valverde Alier. Un libro que huele a linimento, que nos llena las manos de sudor, de esa coreografía de los juegos de pies que es una ligereza de la furia, de fracturas de huesos y hematomas internos mientras nos propone un diálogo verbal en el que lo pugilístico se entremezcla con lo amoroso, en su médula emotiva, y con la construcción de una identidad, que sigue siendo, también en este lado del océano, uno de los temas principales de la nueva poesía.

El libro se articula como un ring y el combate va avanzando por distintos asaltos: “En mis puños cerrados vive / una piedra, / abiertos una mariposa. / Vuelan de cualquier manera”. Perra de Pavlov es el nombre de guerra de la púgil-poeta. Hay apostadores y un buen juego de piernas: “Recuerdo haber mordido / la flor de las avispas». Una Perra que no quiere ser Princesa, porque ha encontrado ya su identidad, esa cosmogonía de la propia conciencia, cincelada por el ejercicio físico y poético, porque estos poemas pueden leerse, también, como la escultura racional de una forma de vida: la resistencia, una honradez vital en la pelea que no elude el contacto.

Atmósfera de ring, como en un título de cine negro poetizado, con la fotografía en blanco y negro, un poco expresionista con ese claroscuro en las toallas, las vendas de los guantes. Es como el principio de un drama apresado entre las cuerdas, flexibles y extendidas en su cuadrilátero vital. Así, a lo largo de estos excelentes poemas, el lector-espectador del combate poético es conducido por sus varias secuencias, cuando la materia poética se adelgaza igual que la energía, la potencia del golpe, cada vez más escueta y contenida. En toda la crónica periodística de este combate eterno por la vida y la muerte nos vamos encontrando, además, con toda esa ternura en la más honesta rebelión: el coraje de ser una mujer-púgil, una mujer-poeta, sobre la lona azul y cada vez más dura del lenguaje y la vida.

La quinta esquina del cuadrilátero es un libro de poemas que habría gustado mucho a Budd Schulberg, tras escribir su novela, luego película con Humphrey Bogart, Más dura será la caída. O a Sylvester Stallone, cuando estaba escribiendo el guión de Rocky, inspirado en Chuck Wepner, el hombre que aguantó todo un combate a Mohamed Ali: una de las presencias pugilísticas de este libro sólido y corpóreo que, sobre todo, es un sorprendente, nervudo, musculoso, ejercicio de precisión poética. Pero aunque seamos lectores, y también espectadores de este espléndido ejercicio poético, dejémonos de charlas. O, como escribe Paola Valverde: ”Choquen guantes y salgan a pelear”. O sea, a leer.

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