Rubalcaba, con agua caliente

27/05/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

Alfredo Pérez Rubalcaba se ha ido con agua caliente. Sólo con el vapor del agua hirviendo en su segundo desastre electoral ha apartado sus pasos de la dirección. Tanta gente ha dicho que Alfredo Pérez Rubalcaba podría ser un excelente presidente del Gobierno, que su posible excelencia ha estado a punto de costar la supervivencia del partido: lanzado a la ilusión de ser el tercer presidente socialista de la democracia, casi dejar al socialismo sin sitio en la mesa. Posiblemente no lo encuentre aún, porque mientras en las demás formaciones ajenas al Gobierno los liderazgos se mantienen en su cauce natural, revestido en la pureza orgánica sin pasado asumido, el PSOE anda a la búsqueda de un nuevo rostro, de una acumulación y una conquista. Pero Rubalcaba ya no está, y eso significa que el PSOE, aunque herido de muerte, todavía no ha muerto.

Es hora de despedir a este doctor en Ciencias Políticas, último escudo del Gobierno final de Felipe González, cuando ofreció su cara frente a los escándalos de corrupción, como regatista o parachoques, o en la guerra sucia contra ETA. Su momento álgido fue la frase del 13 de marzo de 2004, un día antes de las elecciones: “Los ciudadanos españoles se merecen un Gobierno que no les mienta, un Gobierno que les diga siempre la verdad”. Y era verdad. Lo era entonces y lo ha sido ahora, pero también lo fue durante la presidencia de Zapatero, en la que no siempre se dijo la verdad a los españoles. Quiso contener la inconstitucionalidad del Estatuto catalán, para evitar la ruptura con el PSC, y al final se internó, ya como secretario general, en el laberinto verbal de un federalismo incomprensible en el estado autonómico, más un asunto de nomenclaturas que de realidades inmediatas. Pero gestionó con inteligente habilidad, como último ministro de Interior de Zapatero, el fin del terrorismo, y eso es suficiente legado para recordarlo, con gratitud, en la historia subterránea y pública del dolor.

Siempre parecerá que pudo haber sido más de lo que fue, pero quizá no era más de lo que pudo. Al aferrarse a la secretaría general, con semejantes ceguera y sordera políticas, casi ha conducido al socialismo a su devastación. Habría seguido al frente del timón con unos resultados maquillados, aunque evidenciaran la catástrofe. Gracias al agua ardiente definitiva en la marmita electoral de Europa, su partido quizá salga del coma.

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