Más allá del juego de los tronos, la realidad prosigue con su estulticia rauda. En esa inmediatez de la noticia brilla el Mundial de fútbol, celebrado en Brasil, un país que es fútbol y samba más allá de su drama callejero y social. Para allá se ha marchado nuestra selección, con su vitola de campeones vigentes. Uno de ellos es Andrés Iniesta, que marcó el gol de Sudáfrica y se convirtió en el mito discreto y talentoso, hábil y rotundo, finalizador de un drama convertido en pasión generacional. Ahora se enfrentan con otra situación: en Brasil, uno de los orígenes del fútbol, gran parte de la población se manifiesta contra el campeonato, sufragado, con dinero público, mientras se adelgazan las condiciones alimenticias, sanitarias, educativas y sociales de sus niños.
Frente a esas manifestaciones de los brasileños, indignados ante el dispendio de un país que tiene otras prioridades ciudadanas, ha dicho Andrés Iniesta: “Es la Copa del Mundo en el país del futbol, y nada es más bello que esto. Todos deberían festejar”. La gente, al parecer, no entiende que su propio Gobierno se gaste un dineral en un torneo, por muy Mundial que sea, y en la patria del fútbol, mientras sus propios niños pasan hambre. Y esto, Iniesta, no lo entiende. “Todos deberían festejar”. Claro que sí. Menos mal que ha llegado Andrés Iniesta a Brasil para decirle a sus nacionales lo que tienen que celebrar y por qué no deben protestar.”Nada hay más bello que esto”, asegura. Hombre, se me ocurren algunas cosas: un poema de Vinicius de Moraes o un muslo de Gisele Bündchen, por seguir en Brasil, y no digamos ya su cuerpo entero, bajo un vapor de lino en los anuncios de las marquesinas. O una canción de Caetano Veloso. O escuchar a Caetano en brazos de Gisele Bündchen. Las combinaciones –solamente brasileiras- de la cantidad de momentos más hermosos que un Mundial de fútbol, por muy heroico y estético que puede llegar a ser, es tan abrumadora, que semejante exaltación sólo puede ser digna de quien vive dentro de un balón, con pensamiento rápido en el césped, sí, pero apocado y gris, aburrido, fuera de su elemento natural.
Ya sé que apenas son muchachos, millonarios antes de los treinta, y tienen una percepción muy restringida de la realidad. Pero igual que aprenden idiomas –por lo menos, los listos-, podrían comprender la responsabilidad de su repercusión internacional: sobre todo, entre los niños. Podrían lanzar un mensaje ético más sólido que la mera sociedad del espectáculo, de la que son protagonistas, y comprometerse con la realidad de una manera más consciente. Pero ellos siguen hablando de sus dramas sublimes, de sus goles, de sus renovaciones de contrato, de sus lloros al dejar el club después de haber inflado la cartera. ¿Qué los niños brasileños se enfrentan cada día a un plato vacío, y su Gobierno se gasta el dinero en un Mundial? Nada, esto es “lo más bello del mundo” y la gente, encima, “debería festejar”. Algo así dijo también Pelé, siempre adulador con el poder, para ser respondido por Romario: “Pelé, callado, es un poeta”.
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