No soy monárquica: no concibo una jefatura de Estado hereditaria en una democracia cuya máxima es la igualdad entre todos los ciudadanos. Aunque tampoco soy intransigente al respecto: una Monarquía EJEMPLAR puede ser válida.
Con esta premisa de partida he de confesar que alucino con la mayoría de los “abanderados” contemporáneos de la República. Muchos de ellos -especialmente los más jóvenes que estos días se echan a la calle- desconocen que la República es una forma de Gobierno, no una ideología. Ante una pregunta tan sencilla como “tú ¿qué modelo de República defiendes?” se bloquean. Doy fe. No tienen ni idea de la existencia de diversos tipos de República y hasta despotrican cuando les intentas explicar que una República en España podría estar presidida por el mismísimo José María Aznar; o incluso, por Felipe de Borbón. Se creen que estás de chanza. Ese es el nivel. En su mollera manipulada solo les cabe una República rabiosamente escorada hacia la izquierda y capitaneada por personajes de perfiles muy definidos. En España se tiende a identificar erróneamente este sistema de gobierno con la sectaria y excluyente II República, con las circunstancias que la rodearon, con el desastre que supuso a posteriori y con el color rojo reventón. Mala cosa.
Estos nuevos “abanderados” ignoran que existen repúblicas con sistema de gobierno presidencial -con división de poderes ejecutivo, legislativo y judicial más un jefe de estado asumiendo las funciones de jefe de gobierno-; repúblicas con sistema de gobierno semiparlamentario -el jefe de estado tiene ciertas competencias de gobierno compartidas con un primer ministro-; y las repúblicas parlamentarias -el jefe del estado apenas cuenta con poder real ejerciendo el jefe de gobierno como Primer Ministro.
La mayoría no concibe que se pueda ser republicano de derechas y socialista monárquico, al igual que existen republicanos que rechazan la bandera tricolor, respetando la rojigualda constitucionalmente instituida. Y cuando identifican nuestra bandera española con la dictadura franquista se me saltan las lágrimas de risa. O de pena ante la ignorancia supina de tantos que se dejan mangonear en vez de instruirse sobre su propio pasado. La bandera nacional tiene la friolera de ¡229 años! de antigüedad. La tricolor ni siquiera fue emblema de la I República (que mantuvo la rojigualda) ni llegó a ser significativa durante la II.
Dejando de lado lo anecdótico, el debate Monarquía-República está en la calle y no se puede -ni se debe- obviar eternamente. Tampoco las instituciones deberían mostrar ese temor atroz a preguntar a los ciudadanos. Es más, me atrevería a ejercer de Nostradamus por un breve instante: si Felipe de Borbón aceptase la celebración de ese referéndum, los unos -los temerosos de la voz popular- y los otros -los guerreros republicanos- se llevarían una tremenda sorpresa. Felipe ganaría por amplia mayoría y legitimaría su reinado por la puerta grande (además de conseguir el respeto de los escépticos).
He tenido la oportunidad de coincidir con él en algunas ocasiones -entre ellas cuatro días de convivencia en Buenos Aires con la delegación española de Madrid 2020- y puedo asegurarles que la impresión que me causa es infinitamente mejor que la del 99% de los políticos de cualquier sigla con los que también brego a diario.

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