Resulta muy difícil de creer que uno mismo no tenga miedo al encontrarse en el borde de un precipicio. Resulta complicado asimilar que haya que saltar sin ningún tipo de miedo, saltar al vacío y depositar toda tu suerte en un paracaídas.
Esta semana conocía la triste noticia de Darío Barrio. Su paracaídas no se abrió. Fuentes cercanas comentan que apuró demasiado en la caída. Pudo ser uno de los motivos por los que el paracaídas falló y Darío perdía la vida al caer en la falda del castillo.
Lo primero que me vino a la cabeza cuando conocí la noticia fue: Lo ha debido de pasar fatal. Imagino que son pocos segundos en los que tu cabeza reacciona y eres consciente de que tu paracaídas falla y no se abre. Me imagino que te encoges en el aire y deseas que el tiempo se detenga o vaya a cámara lenta pero hacía atrás. Me imagino ese pinchazo que tuvo que sentir en las sienes y en su interior al ser consciente (si lo fue) de que se estrellaba sin remedio , de que su vida terminaba ahí. No sé, como digo, si él sería consciente de que perdía la vida. Pues creo que se trata de segundos simplemente desde que te lanzas hasta que tocas tierra con los pies. Pero… he insistido en que ojala, ojala Dario no haya sido consciente , porque su pánico ha tenido que ser tremendo y muy doloroso, a lo mejor más que el golpe al colisionar con la tierra.
La gente buscaba los porqués a la tragedia, otros comentaban que había tentado mucho a su suerte con numerosos saltos, que le maravillaba volar. Que mientras saltaba , era llegar a tierra y pensar en volver a saltar.
Darío era un alma libre, y expresaba su libertad sintiendo su cuerpo suspendido en el aire. Flotando era feliz .
Ahora yo maldigo ese paracaídas que no se abrió, maldigo su suerte. El haber tenido que elegir saltar ese día y no otro. Maldigo el error, o los errores que han hecho que Darío ya no esté entre nosotros. Era un hombre alegre y valiente. Luchaba por sus sueños y lo ha demostrado siempre.
Me ha dado pena su muerte, me ha afectado mucho, porque no deja de ser un accidente. Nada debería de haber salido mal. Estos saltos están controlados, se revisa que todo esté correcto veinte veces, uno a parte de respirar hondo y de sentir la adrenalina hacerle burbujas dentro de su cuerpo, es consciente de que se juega la vida, pero que su vida está segura porque lleva acuestas un paracaídas que no puede, que no va a fallar. Pero ya hemos comprobado que nada es seguro en esta vida, que las cosas fallan, que los humanos fallamos también.
Muchos de nosotros, sobre todo los que admiramos a la gente valiente y deportista, miramos al cielo y en cada pájaro que sobrevuela nuestras cabezas veremos a Darío. Si era feliz volando, le recordaremos así. Sobrevolando siempre nuestras cabezas, mirándonos y animándonos a vivir la vida plenamente y de forma valiente, como él la vivió en cada salto.
A veces estamos vivos pero no nos sentimos así. A mí la muerte de este hombre me ha hecho sentir escalofríos y pánico y muchas sensaciones que no sabía que se podían sentir tan solo pensando que te pueda ocurrir algo así. Me ha hecho disfrutar más de cada momento, de sentir la vida como un regalo. Un regalo que me puede arrebatar la suerte en cualquier momento.
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