Gallardón, el coche fantástico y un título de Jacinto Benavente

17/06/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

La presunta borrachera, el accidente y fuga en Chamberí de uno de los hijos de Alberto Ruiz-Gallardón ni siquiera sirven de anécdota literaria. En una ocasión me recomendó Antonio Muñoz Molina, cuando yo empezaba a publicar columnas, que encontrara un detalle para hablar del asunto, en lugar de encararlo directamente: me decía que, mientras que el periodismo mira a las noticias, “la literatura se ocupa de los matices”. Después se refería a un artículo suyo sobre la corrupción, que comenzaba con la gabardina de Luis Roldán. En una mudanza en Madrid debí de perder esa carta; pero nunca he olvidado la sugerencia, aunque no siempre la haya ejercido, como ocurre con todos los buenos consejos que uno tiene la suerte de recibir. Sobre todo, porque a veces, y más escribiendo columnas de opinión, la idoneidad acaba donde empieza el estómago.

Hoy hemos sabido que el hijo mayor de Gallardón, Alberto Ruiz-Gallardón Utrera, conduciendo en estado de embriaguez, chocó contra otro vehículo en la calle de Miguel Ángel y casi atropelló a una mujer, tras derrapar por la calle Almagro. Luego se ha aclarado que, según parece, no era el hijo mayor del titular de Justicia quien conducía el Lancia Ypsilon blanco, a nombre del ministro, golpeando a un Volkswagen Passat y escapando “a gran velocidad y conduciendo en zig-zag”, sino su segundo hijo, José Ruiz-Gallardón, que ya fue noticia por un atraco en Sao Paulo, hace dos años, donde murió su amigo. Fuera quien fuese el joven Gallardón embriagado y veloz, huyó hasta el domicilio de Gallardón padre. Allí, la policía sólo pudo preguntar a los escoltas.

Cristina Cifuentes, delegada del Gobierno en Madrid, ha dicho que es “un tema menor”. Ni siquiera esto es un matiz narrativo; porque, siendo grave que la delegada del Gobierno considere un atropello con fuga “un tema menor”, si lo comparamos con el atronador desmantelamiento del Estado del bienestar, obra de su Gobierno, tiene razón Cifuentes: por mucho que Gallardón Jr. conduzca su fantástico Lancia Ypsilon por Chamberí igual que Michael Knight por California, etílico y festivo, lo grave es que su padre es el impulsor de la ley del aborto más restrictiva de los derechos de la mujer de la democracia, o que ha acabado con la justicia universal y con la igualdad ante la ley, mediante las tasas procesales. Lo grave es la reforma laboral. Lo grave es la ley de seguridad. Lo grave es un proceso de sucesión, tras la abdicación del Rey, contra el que se manifiesta media España, mientras el presidente asegura que el 85% de la población lo apoya, con el mismo descaro que empleó para mentir, en sede parlamentaria, sobre la financiación corrupta de su partido. Lo grave es tanto, que ni este parentesco es noticia.

Pero no olvidemos nuestra búsqueda de la anécdota literaria, novelesca y dramática, que oportunamente hemos dejado para el final: el indulto que el padre concedió a Ramón Jorge Ríos Salgado, tras conducir por la autovía AP-7 de Valencia, durante cinco minutos, en dirección contraria, matando, tras impactar con su coche, a un muchacho de 25 años, José Alfredo Dolz España. Nadie entendió ese indulto, pero el ministro Alberto Ruiz-Gallardón lo defendió hasta que el Tribunal Supremo lo anuló.

Luego supimos que el abogado del kamikaze era Esteban Astarloa Huarte-Mendioca, hermano de Ignacio Astarloa, ex alto cargo del PP. Por si fuera poco, este abogado trabajaba en Uría y Menéndez, la firma que empleó al hijo de Gallardón: ¿averiguan cuál? José, el fugado, que con su escapada acerca a su padre, en nuestro imaginario, al fulgor escapista de Esperanza Aguirre. Pero vamos a lo importante: ¿qué es la justicia para el ministro de Justicia? Eso ya lo sabíamos: los intereses creados.

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