Una vez más llegaba tarde a la fiesta y alguien se había aprendido mi guión. Yo llevaba la banda sonora de mi vida aprendida de memoria.
No hubo malvadas de cuento. Nadie que me dijese: a las 12 en casa. No hubo zapatitos de cristal perdidos. Ni un príncipe que me esperase o despertara con un beso.
Solo hubo un montón de letras en una maleta. Letras apiladas las unas sobre las otras. Hubo una niña pequeña que aprendía a atarse los cordones de los zapatos y que miraba la vida de forma diferente a los demás. Una niña a la que no le demostraban amor y ella buscaba en la gente el amor que le faltaba. Ella miraba a la gente tratando de descubrir las historias que sus rostros le ofrecían.
Se enamoró tantas veces de una mirada, de un gesto o de un hasta luego. Escribió tantas historias que había perdido la perspectiva de las suyas propias. Escuchaba a su madre gritándole una y otra vez: vale quien sirve, vale quien sirve. Y ella adentraba sus manos en los bolsillos de la chaqueta, se refugiaba bajo la bufanda y echaba a andar para seguir buscando historias.
Nadie jamás la supo entender. Nadie pudo describir jamás el brillo de su mirada porque era tan profundo que la gente temía hundirse allí, dentro de aquella mirada.
La niña estaba tan triste que nunca lloraba. Solo escribía. Y escribía. Pensando que un día, alguien, se acercaría a sus letras y mirándole a los ojos le diría: ¿quién eres tú?. Entonces se recreaba en ese momento, pensando una y otra vez en ese día. Prometió enamorarse aún más de la vida, el día en que alguien se detuviese en sus letras con el corazón abierto.
La niña ahora tenía su maleta llena de letras. Emprendía un viaje largo. Atrás dejaba cien mil historias escritas y mil y una aún por contar. Su tinta jamás se derramaría en aquellos pasillos de nuevo. Por eso no lloraba. Por eso no le contaba a nadie que su sueño se le acababa de escapar de las manos. Ella, que siempre escribía en silencio hoy salía a la calle como quien ha perdido el mayor amor de su vida. Como quien ha perdido su hogar. Ahora, la maleta pesaba y ya estaba pensando dónde podría deshacerla una vez más. Le entró un profundo miedo, pero sintió que las penas había que ahogarlas siempre escribiendo más. Y que cuando una puerta se cerraba, se abría una ventana. Esa ventana sería ese cariño infinito que siempre esperó y que hoy se le escapaba también de las manos, como cuando se te escapa la espuma de mar entre los dedos.
Sintió tanta pena que en sus dedos rebotaba toda la tinta que había soltado durante años. Entonces se giró despacio sobre su cuerpo, una y otra vez, daba vueltas sobre si misma y supo que la valentía no era seguir girando y girando, que la valentía era detenerse, parar y sentir ese mareo que te hace caer al suelo.
Entonces paró. Paró. Detuvo su baile, cogió un papel y escribió: “Nos leemos en los bares”.
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