Alabado sea el Señor. Ha costado, mucho, pero lo hemos conseguido. Más vale tarde que nunca. ¡Al fin llega la política de raza al Congreso, la que todos los españoles estábamos esperando!: debatir si les ponemos un par de huevos a los leones.
Resulta que uno de los majestuosos felinos que custodian la puerta principal del Parlamento carece de atributos masculinos, curiosidad que fue advertida por el Canal Historia en 2012. “¡Señorías, el león está castrado!” Vinieron a decir estos chicos. En realidad pasaron por alto que la falta de gónadas de la regia escultura pudiese tener cierto sentido: Daoiz y Velarde -así fueron bautizados los felinos en homenaje a nuestros héroes del 2 de mayo- representan a Hipómenes y Atalanta. Según la mitología griega ambos fueron convertidos en leones por Cibeles (¡ostras, con la diosa de enfrente hemos topado!) como castigo por haber mantenido relaciones sexuales en uno de sus templos. “¿Follando como animales en mi sagrado recinto? Pues hala, fieras salvajes de aquí a la eternidad”, debió razonar la Doña. Así que macho, lo que se dice macho en toda su esencia, solo hay uno. El otro es un animal hembra con forma masculina, por lo que no fue complementado con las ya archifamosas criadillas. O igual son así porque al autor le salió de los mismísimos… ¿Desde cuándo las obras de arte siguen pautas lógicas en su ejecución?
Sea como fuere el Canal Historia se ofreció a elaborar la pieza faltante y el asunto llegó hasta una comisión parlamentaria, de ahí al ministerio de la Presidencia y finalmente a Educación y Cultura. Ha sido el departamento de Wert quien se ha puesto manos a la obra. ¿La decisión? El Gobierno rechaza la propuesta de dotar de testículos al león porque considera que completar esa obra podría ocasionar «efectos dañinos» sobre la escultura original.
A mí, a priori, me sonó a chanza que con la que Wert y el resto de sus compañeros de Gabinete tienen encima, se planteasen siquiera el tema. Pero luego recapacité y encontré mucho sentido al asunto: en nuestra querida España los cojones siempre han sido trascendentales. Un objeto de culto, vaya. En el día a día y en los asuntos serios. Todo gira en torno a los mismos. Si alguien es estupendo lo catalogamos como cojonudo, cuando andamos preocupados contamos que estamos acojonados, si algo es fascinante lo denominamos acojonante y si queremos imponer algo se hace por cojones. Así que manda huevos (o cojones) que este asunto no se haya debatido antes.
Aunque ahora que sus ilustres diputados han decidido que el león permanecerá castrado (¿a juego con nuestro Gobierno, tal vez?) me inquieta el destino final de ese par de testículos ya fundidos y sin dueño. Aunque se me ocurren algunas alternativas: por ejemplo, se los podemos ofrecer al Presidente Rajoy (y a sus futuribles sucesores) por si los requiriesen para la actuar como verdaderos hombres de Estado. No es que dude yo de su virilidad, líbreme Dios, pero las legislaturas son largas y duras… Así que nunca está de más contar con un par de huevos de repuesto por si en algún momento fallan los originales o se vienen abajo los genuinos. Otra opción podía ser exponerlos en el hemiciclo, a la vista de todos, por aquello de la sugestión grupal: necesitamos más cojones para sacar el país adelante, para acabar con la corrupción, para disminuir el número desempleados, para reactivar la economía…
No me acusen de mala baba tras esta lectura porque mientras escribo yo solo pienso en el bien de España. Que nuestros representantes los tengan bien puestos nunca está de más. Aunque sean postizos. Por cierto, ¿alguien conoce si los leones, con o sin huevos, están aforados?
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