Bruce Wayne se reclina en su butaca y ve pasar la luz transfigurada a través del cristal, simulando la enorme silueta de una criatura extraña, extendidas las alas bajo la luz nocturna, como si bajo el vaho brumoso fuera posible regresar a lo que sucedió: otra noche distinta, en el mismo salón, pero herido en el hombro, en el costado, el muslo, bajo el retrato de sus padres asesinados, con los charcos de sangre anegando la alfombra rumiando su fracaso antes de que un murciélago espectral rompiera la ventana y entrara en el salón, convertido en el marco de una resurrección: “Seré un murciélago”. Ahora, tiene 75 años y sostiene un vaso bajo de whisky de malta, su única bebida. Lo toma con un poco de agua, sin hielo, y deja que el sabor con sus briznas de hierba le rasgue el paladar, se le encrespe en los dientes. Brinda consigo mismo, porque Alfred murió hace mucho tiempo. Dick Grayson le llamó por la mañana, como también Tim Drake, sus hijos. Recuerda a Jason Todd, que ha regresado, y no le llama tanto. Aún podría hacer unas flexiones, incluso pelear, pero hace demasiado que no baja a la cueva.
Lo anterior sería un principio más para otro nuevo relato crepuscular sobre Batman, que hoy cumple 75 años. Su ocaso lo perfeccionó Frank Miller con Batman: Año 1 y, sobre todo, El regreso del señor de la noche. También hay un Bruce Wayne ya anciano en una serie animada de impecable factura, Batman del futuro, en una sociedad distópica –otra más- en la que un muchacho llega a la mansión Wayne perseguido por una pandilla juvenil inspirada en El Joker: el viejo Wayne sale por la verja, armado de un bastón, con su impresionante perro dogo, se enfrenta a sus asaltantes y le salva. A partir de ahí, el resto es silencio, porque el joven Terry McGinnis será el nuevo Batman.
Me gustan las películas de Christopher Nolan, tienen intensidad, pasión y muerte –todo muy de Batman-, pero no son Batman, sino otra cosa. O son un Batman demasiado real, verídico, que podría hasta ser cierto, pero que no es el Batman de los comics, mucho más transido de misterio, vampírico y teatral: más Poe que tecnológico, más Sherlock Holmes que Terminator, más El Zorro que un nuevo Robocop disfrazado de Drácula. Hay un corto en Internet titulado Batman, dead end, que para mí es la mejor recreación visual del personaje. Y un título imprescindible, aunque no siempre valorado: Gotham, luz de gas, en un mundo paralelo en el que Jack El Destripador cruza el océano y se encuentra con un Bruce Wayne victoriano. Batman nos vislumbra, apostado en la gárgola de la torre más alta de la ciudad gótica. Dentro de la cueva, que ahora tiene cubiertos los trofeos y hasta el anticuado batmóvil con una lona pesada, nos esperan sus sombras protectoras, la oscuridad magnética de un tiempo en que leías tebeos por la noche hasta dormir y habitarlos.
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