Leer con cuerpo

01/08/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

Llevo toda la vida buscando la postura mejor para leer. He leído de pie, casi siempre en el metro, o también esperando en algún sitio. He leído sentado, cuando era más pequeño en un sillón viejo de cuero, donde también leía mi padre, que yo prefería a ningún otro y que ahora debe de andar perdido en un desván. He leído –leo-, tumbado especialmente, con la espalda muy acomodada en un colchón, ni demasiado blando, ni demasiado duro, que utilizo también para dormir. Dormir, duermo muy poco, y dejo que la luz del día me despierte, a través de un inmenso ventanal que da a dos torreones de una iglesia. La relación establecida con el propio cuerpo, con la nuca, las vértebras, en el acto continuo de leer, es una relación constante con la luz. Mejor por la mañana, clara y rutilante, cristalina de un sol duro de invierno. Me gusta tanto la luz del sol para leer que he llegado a pasar las páginas de un libro prácticamente a oscuras: fue Cien años de soledad, esa primera vez, en mi antigua casa de Ciudad Jardín, en Córdoba, el último rescoldo de un día ya veraniego, al acabar mi tercer curso universitario. Había comenzado a leer por la mañana, y del mismo modo que nació Macondo entre mis manos, para después hundirse entre esa selva carnívora de tiempo, también la propia luz había nacido sobre el papel usado de sus páginas –era una edición vieja- para ir declinando después, horas más tarde, cuando el último Buendía caía bajo las mismas sombras protectoras que a mí ya me obligaban a cerrar el libro, o a encender la lámpara.

Leer, como escribir, es una actividad física en la que llego a desplegar toda mi energía. Por eso cuido la luz, como el estiramiento de los músculos después de algunas horas de ejercicio, como la posición del cuello y de la espalda. Antes de abrir un libro, requiero la mayor comodidad; para empezar a leerlo, necesito la luz bien enfocada. Si dejo de pensar en la intensidad de la luz, en la idoneidad de la postura, entonces ya me olvido de mí mismo y comienzo a nadar en la piscina más honda que jamás he cruzado. Quizá al contrario que para mucha gente, para mí la luz es noche, y aquí aparece mi tercer requisito en la lectura: el silencio, un silencio que es puro casi siempre de noche.

Y la luz es la puerta de la noche, del enigma, el misterio. Nunca hay sombras sin luz, y la escritura es sombra proyectada en la luz: Poe, Baudelaire, Dickens, Galdós. Conservo todavía un flexo rojo, vigilante ahora, mientras escribo. Fue mi compañero en largas horas de estudio, de escritura y de vida. No sé qué haría sin él, si no estuviera atento a mi lectura como un faro pequeño y eficaz. Llevo toda la vida buscando la mejor luz, esa postura, para vivir historias de otras vidas que luego han terminado siendo mías.

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