“Nos han metido el diablo en el cuerpo”, ha dicho el padre Miguel, refiriéndose al ébola. Pero ahora, ya en España tras su aterrizaje en Torrejón, con una parafernalia más propia de Crónicas marcianas o La fuga de Logan, envueltos en un tubo de plástico con el aire estancado, rodeados de militares y médicos dentro de sus monos protectores, como astronautas a pleno sol de un agosto total, la polémica empieza con el coste de su repatriación. Una sociedad tan vulnerable como la nuestra, edificada sobre las bases de una falsa bonanza, sin más valores que el enriquecimiento momentáneo o el fantasma esquinado de la identidad separatista, saca a relucir su escombrera moral ante un episodio como este del ébola, que nos ha puesto a todos el riesgo de pandemia en las yemas nubosas de las manos. Después de estos años de crisis, no tengo muy claro que nuestra sociedad sea mejor, como colectivo extendido en su propio chapapote de egoísmo y temor.
Ha habido iniciativas encomiables, como la plataforma Stop Desahucios, que en parte han rescatado una cierta equidad en el sentir común, una especie de solidaridad que quizá empieza por el miedo al futuro, con su propio quebranto, pero que ha sido efectivo finalmente. Pero más allá, seguimos siendo una sociedad muy privilegiada que prefiere dar la espalda al mal global y conservar la propia cápsula de una prosperidad sin ética. Cómo no se iba a traer a este hombre de vuelta, a esta mujer también: hay que afrontar los riesgos de una vida moral, si es que se tiene, y entender que un país, conservarlo y pagarlo, no nos sirve de nada si no puede salvarnos cuando estamos en otro, y además en peligro, y encima preservando el bien ajeno. Tengo la sensación de que en España seguimos midiendo el crecimiento, la mejora y el riesgo en función de lo que ocurre en el patio de casa, sin mirar más allá, en una especie de fundamentalismo nacionalista con una sola preocupación: la económica.
De pronto una situación como esta del ébola nos hace mirarnos a nosotros mismos en un espejo exacto, radical, que nos fotografía en el momento de la debilidad, esa tristeza ética que es el egoísmo convertido en única razón. Estos dos misioneros, que han pasado su vida ayudando a los que nada tienen, han visto al diablo ocuparles el cuerpo, mientras otro diablo, más silencioso y líquido, ha ido germinando en una sociedad que sólo se moviliza por su bienestar.
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