“Kitchen Porters” en el Fringe

21/08/2014

Joaquín Pérez Azaústre.

Para Miguel Utray,
Cónsul de la Poesía Vital en Edimburgo

El Fringe es una fiesta de escenario estival. Ninguna otra ciudad como Edimburgo sabe conjugar la oferta de un programa portentoso con la involucración de los comercios y de los restaurantes, de los bares de copas y de la tiendas de exquisiteces, como la española en Stockbridge, con sus caldos lumínicos. Escocia es una niebla vespertina en apuros, con la lluvia rumiante en el cristal crecido, que da al patio sombrío con representación. Atravesar el centro caudaloso de Edimburgo es asistir a una verdadera masificación de miles de actores disfrazados en la acera, bajo el sol calmado de palidez cúbica, con escenas aleatorias de sus personajes y un fajo de programas en la mano que entregan a los transeúntes, entre el asombro y la celebración. Sin entrar en ninguna sala, puedes asistir a momentos de la obra y, si te convence, coges tu programa y acudes por la noche; pero si no, de todas formas, te vuelves a casa con la visión colmada por el espectáculo de fracción inmediata. Si te apasiona el teatro, o la música, tu verano es el Fringe. Del mismo modo que si te gusta el drama grecolatino tu verano está en los festivales de Epidauro o Mérida, si deseas conocer la escena rompedora y rasante, armada con palabras de presente y con la consistencia del talento cromático, con cientos de procedencias, de idiomas y lenguajes, de tradiciones enfrentadas sobre las tablas más innovadoras del teatro total, durante todo agosto, tu verano es el Fringe.

He visto en el Fringe algunas obras, y la que más me ha llamado la atención ha sido Kitchen Porters, con un tema de cercanía histórica y social: la cantidad de jóvenes que, sin oportunidades en sus países, acaban en Reino Unido –en este caso, Edimburgo- para trabajar en lo que sea y, de paso –o sobre todo- aprender inglés. Si llegas sin nivel suficiente para tratar con el público, tu destino será las catacumbas de los restaurantes, esos lavaderos subterráneos con su propio ritual de enajenación sin tránsito, en su lenta mecánica de desgaste sensible. Esta es la idea original de Guillermo Carnero Rosell –no confundir con el poeta, autor del elegíaco Cuatro noches romanas- y Adrián Collados: el primero, ha oficiado también de director; el segundo, de protagonista. El arranque recuerda al Buster Keaton que deslumbró a los poetas del 27, bajo ese gusto cómico por la gestualidad convertida en abismo existencial, con la inteligente dirección de Carnero Rosell y la gran interpretación de Adrián Collados, entre la fragilidad y la angostura creciente de la grieta interior, del vacío sin horizontes, sin ventana ni luz. Mientras la vida se erosiona con el jabón maléfico bajo torres de platos sin lavar, asistimos a la caída silenciosa de una generación: la de los muchachos que han salido al mercado laboral en plena crisis, sin más esperanza que la supervivencia del minuto cero.

Una hora después de terminar Kitchen Porters, vimos a Mr. Bean en el Balmoral y nos pareció que no podría haber mejorado la interpretación de Adrián Collados. Luego fuimos al Café Royal, con su decoración artesanal de tiempo fermentado en las ranuras de unos brindis sonoros, a tomar unas pintas. Fue un día irrepetible en el que hubo de todo; pero cuando en el centro de un día estupendo encuentras una muy buena obra de teatro, hecha por gente joven, con los recursos de la imaginación potenciados sobre la realidad, que luego va creciendo en tu recuerdo con esa lentitud agigantada por su poso sereno, el día se potencia y la cerveza nos sabe mejor.

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